Desayuno con Irene y salgo a trabajar. La cuadra está llena de maderas podridas y de piedras del tejado antiguo; tengo que llevar las maderas al otro lado de la granja con un carro y seleccionar las piedras que están mejor para guardarlas en un cobertizo junto a la casa. Llevo guantes gordos de cuero, así que estoy a salvo. Es un trabajo duro, pero puedo ir poco a poco. Va para muy largo.
Cansado de acarrear maderas, vuelvo a la casa para echar el rato con el ordenador. No hago más que llegar cuando la perra que está preñada, Ruby, se enzarza en una pelea con la perra de Urszula, que es grande (la raza que usan para las carreras, parecidos a los galgos); la engancha con un bocado y en qué nos vemos Irene y yo de separarlas. La hijaputa de la perra está preñada con tan solo un año y se le va la pinza.
Almorzamos cuando Urszula regresa del jardín. Nuestros almuerzos son prácticamente como los desayunos: tostadas y té. Estoy comiendo muy poco aquí y no estoy bebiendo zumos ni mierdas, solo té. Es asqueroso, nunca me ha gustado, pero es lo más sano que puedo beber y ese es uno de los cambios que necesito en mi vida: comer sano. Quiero sobrevivir a los treinta.
Los encuentros con Urszula son tensos durante todo el día. Le dice a Liz que posiblemente se irá pronto a otro sitio y a mí me entra un malestar que no me gusta un pelo. El resto del día estoy bastante jodido cuando pienso que se va a ir. No ha pasado gran cosa entre nosotros, pero ya es más de lo que suele pasar. Además, sea como sea, de momento me cae muy bien y me lo paso genial conversando con ella, al margen de los roces de la otra noche. No me estoy enamorando; eso ya no me pasa así porque sí. Sigo viéndolo todo como en una pantalla: me limito a observar y no muevo ficha hasta que no veo hacia donde va el juego. Poner las tinajas antes que el vino no trae nada bueno y yo ya he aprendido a fuerza de palos. Tengo una edad.
Charlotte me enseña a preparar a los caballos. Después de cepillarlos (qué bonito es Sunny Boy, es flipante poder acariciarlo), les limpiamos los cascos y les ponemos las monturas y las riendas. Si la terminología en español ya me cuesta, en inglés es que no me entero de un carajo. Espero que a base de repetición me acabe quedando con los nombres de los accesorios y demás.
Hoy salen todos a dar un paseo. Como los caballos que tenemos aquí son bastante pequeños, si me subo en uno lo reviento contra el suelo, así que Liz me promete que va a buscar un caballo grande para mí y a comprarlo. Liz monta a Sunny Boy, Charlotte a Fly y Urszula a Squiggle; Nikky viene con su caballo y un poney que monta Irene. Me invitan a acompañarlas en una caminata hasta la próxima aldea yendo en dirección al Loch Eck (lago Eck). Strachur está yendo hacia el Loch Fyne, en sentido contrario.
Antes de salir, con Nikky
Charlotte montando a Fly
Llegando al bosque
La caminata es un placer para la vista. El camino se adentra en el bosque y se acerca lo máximo al río a un kilómetro o dos de la granja. Voy a mi ritmo, así que no tardo en quedarme atrás. Les pido que no me esperen, que voy haciendo mis fotillos y no tengo prisa. Cuando llegamos a la aldea, que es preciosa, continuamos un rato más por un sendero estrechísimo que sube por la montaña y que me deja las rodillas hechas azúcar. Luego nos cruzamos con Sarah, que va en su coche de vuelta a Strachur. Me saluda muy alegremente. Es un sol.
De camino a la granja tomo unas fotos del tronco de un árbol que alguien ha cortado y que pertenece a Liz. Me entero entonces de que sus tierras incluyen parte del bosque, la carretera, y llegan hasta la aldea. Calculo que andaríamos tres kilómetros por el camino hacia la aldea.
Me quedo atrás. Liz me pregunta que si quiero que venga con la camioneta a recogerme y le digo que no, que voy a dar un paseo tranquilo hasta la granja. Y eso hago.
Como cada noche mientras preparan la cena, nos bebemos una copita de algo. Liz abrió una botella de un whisky muy bueno que tenía reservado y cada noche me echa un chorreón durante la charla, cuando nos juntamos todos alrededor de la mesa.
Cenamos un puré de patatas buenísimo que prepara Urszula y unas salchichas de pan y carne típicas inglesas. Las salchichas son absolutamente increíbles. Los días anteriores, menos por el filete de la primera noche, hemos comido platos vegetarianos. Irene es vegetariana. A mí me parece genial, porque necesito perder peso y rebajar mis índices de ácido úrico, grasa en el hígado y absoluta pasión por la carne. Pero las salchichas están que te cagas.
Durante la cena, Liz nos habla de la relación histórica y mitológica entre Escocia e Irlanda, del reino de Dalriada, de la Piedra del Destino y otras cosas muy interesantes que se pueden leer en la Wikipedia. Después me pide que ponga alguno de los discos de Mike Oldfield que le he regalado (el pack con los seis primeros). Elijo el Ommadawn.
Ya es tarde y solo quedamos Urszula y yo, como siempre. Hablamos de tonterías, pero con la mirada me echa leña y entiendo que está jugando. No hay nada que me toque más los huevos que una calientapollas, así que me limito a continuar charlando sobre no sé qué hasta que se va a la cama. Me pregunta que si me quedo y le digo que sí, que voy a escribir.
Por facebook, me escribe guarrerías en polaco que pasadas a español con el traductor de Google suenan aún más guarras. Le pido que, si quiere algo, lo diga claramente y se deje de jueguecitos de quinceañeras, porque tenemos casi treinta años. Ella me pregunta que si soy muy friolero como para estar sin ropa fuera de la casa y me promete que mañana daremos un paseo por su cumpleaños.
Durante la cena, Liz nos habla de la relación histórica y mitológica entre Escocia e Irlanda, del reino de Dalriada, de la Piedra del Destino y otras cosas muy interesantes que se pueden leer en la Wikipedia. Después me pide que ponga alguno de los discos de Mike Oldfield que le he regalado (el pack con los seis primeros). Elijo el Ommadawn.
La secuela
Ya es tarde y solo quedamos Urszula y yo, como siempre. Hablamos de tonterías, pero con la mirada me echa leña y entiendo que está jugando. No hay nada que me toque más los huevos que una calientapollas, así que me limito a continuar charlando sobre no sé qué hasta que se va a la cama. Me pregunta que si me quedo y le digo que sí, que voy a escribir.
Por facebook, me escribe guarrerías en polaco que pasadas a español con el traductor de Google suenan aún más guarras. Le pido que, si quiere algo, lo diga claramente y se deje de jueguecitos de quinceañeras, porque tenemos casi treinta años. Ella me pregunta que si soy muy friolero como para estar sin ropa fuera de la casa y me promete que mañana daremos un paseo por su cumpleaños.
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