viernes, 12 de abril de 2013

La diosa del bosque

Domingo


Al final no vamos a caminar bordeando el Loch Eck. El día está regular y decidimos ir al monumento que está dentro de la granja pero bastante lejos (la granja es enorme). Eso es por la tarde, pero al mediodía tenemos una conversación Irene y yo con Liz sobre Urszula. Liz no quiere que Urszula venga antes de que Charlotte se vaya a la escuela porque son los últimos días de vacaciones de la niña antes de los exámenes y toda la mierda (es un colegio muy duro), y Charlotte y Urszula no se llevan del todo bien. Según Liz, Urszula siente celos de Charlotte; le dice que es afortunada porque lo tiene todo, mientras que ella no tuvo nada, y otras cosas que la molestan. Al final de la conversación, Irene decide contarle a Liz que Ursula le habló mal de ella en su primer día, avisándola de lo especial que era y todo eso. No da muchos detalles, pero me sorprende que haya abierto la boca. Aunque entiendo su presión. Yo no digo nada.

En nuestro paseo al monumento de la Reina Victoria (cuando la reina subió a esa colina y vio las vistas se quedó sin habla), Irene y yo hablamos sobre el tema. Irene está muy preocupada porque piensa que ha traicionado a Urszula al contarle a Liz que le había hablado de ella, y que se lo ha contado porque antes sentía que traicionaba a Liz al no contárselo. Ambos estamos de acuerdo en que Liz es una bellísima persona que solo quiere ayudar a todos y no sabe qué hacer en esta situación. También estamos de acuerdo en que Urszula no carbura bien; cualquier grano de arena es una montaña para ella, transforma la realidad, está paranoica. Eso o, simplemente, es una hijaputa de cuidado.

El camino es largo, así que acabo contándole a Irene, para que se relaje y vea que no está en la peor situación y para que me dé consejo, lo que me pasa a mí con Urszula. Confío en Irene. Ella comprende mi problema, del que Liz no puede enterarse: no quiero que Urszula se vaya, pero tampoco quiero que Liz lo pase mal por ella. Liz quiere ayudar a Urszula, pero está al límite de sus fuerzas. Lo único que puedo hacer es no hacer nada y esperar a ver qué pasa. Le digo a Irene que si yo, estando en medio, no puedo hacer nada... menos puede hacer ella, así que no tiene por qué sentirse mal.



De vuelta, me pego una hostia al meter los pies en una ciénaga y no poder sacarlos. Los pantalones de chándal se han quedado preciosos. Ahora tengo que llevar los de repuesto. Y tendré que hacer una colada un día de estos.

Por lo menos, a Charlotte le ha flipado el montaje de vídeo que le he hecho.

Lunes


Salgo a dar un paseo muy temprano, con Liz. Vamos a donde está el árbol cortado, por el camino que va a Glenbranter, y exploramos el río a ver si algún tronco lo obstruye. Nos damos una vuelta por la orilla y me pego otra hostia, esta vez bajando un terraplén húmedo, que me deja los pantalones nuevos también comidicos de barro. Nos acercamos después a la aldea y nos cruzamos con Charlotte y Greetje, que han salido a correr. Liz me indica dónde puedo sentarme a las cinco o seis de la mañana si quiero que los ciervos me rodeen.

Trabajo con Liz limpiando de maleza una pequeña parcela de tierra en la que vamos a sembrar hierbas aromáticas. En un latigazo de una rama, mi pendiente sale volando y lo pierdo para siempre. Llevo dos días de hostias finas. A estas alturas pienso que lo mejor es que me quede en casa hasta la hora de dormir, para evitar más hostias.

Por la tarde llega Berta, desde Francia. Después de las presentaciones, y atentando contra mi seguridad, decidimos subir otra vez al monumento de la Reina Victoria para que lo vean Greetje y ella. Berta es de Perpignan y habla español; nos hemos prohibido usarlo porque tenemos que practicar inglés. Tiene un inglés bastante cortito, pero se defiende mejor de lo que parece; además, Liz habla francés entre otros idiomas (ha vivido en todos sitios, entre ellos París cuando era cantante).

Irene y Berta

El monumento a la Reina Victoria

Greetje

Volviendo del monumento... ¡sorpresa!, otra hostia. Voy el último, tomando fotografías, cuando se me tuerce el tobillo. No llego a caer, pero el resto del camino sufro lo mío. Greetje y Berta están inmersas en una conversación profunda, así que no se dan cuenta y siguen andando hasta la granja; Irene se da la vuelta y me ayuda. Pero no andamos unos pasos cuando algo, una espina o algo, algo invisible, se me clava en el otro pie. Desde ahí, si me apoyo en un pie me duele el tobillo y si me apoyo en el otro siento un pinchazo en la planta. Nos paramos a esperar a que se me calme un poco en un lugar con buenas vistas, nos fumamos un cigarro y regresamos despacico. Por suerte, mañana se habrá recuperado del todo.

Urszula llama y le dice a Liz que volverá el jueves. Liz está feliz de escucharla y le parece perfecto, cosa que yo no comprendo por ahora.

Hoy me acuesto muy temprano porque estoy reventado.

Martes


Nos levantamos a la hora prevista para la caminata en busca de los ciervos que planeamos ayer: las 5:30. Desayunamos y salimos hacia el bosque. Liz no viene porque tiene un dolor muy fuerte en el costado y cree que puede ser por su problema con la vesícula, que le está jodiendo la vida. Por eso mismo ha tenido que faltar un par de días al trabajo.

Subimos media montaña hasta penetrar en el bosque, con dos huevos. La pendiente es impensable y el terreno de lo más complicado. Una vez en el bosque, seguimos por el sendero hasta que, en una bifurcación, vemos a unos cuantos ciervos de paso. Al oírnos, uno se para y se nos queda mirando un rato largo. Siempre me he sentido extraño cuando me mira un ciervo; son criaturas tan puras, de un mundo tan distinto. ¿Qué pensarán? ¿Cómo nos verán?

Seguimos andando un rato hasta que Greetje se cansa y nos damos la vuelta. Ya en casa, me voy a dormir hasta la hora del almuerzo por recomendación de Liz, que me quiere fuerte por la tarde para cortar unos troncos donde el árbol caído.

Cada uno se prepara lo suyo hoy, pero Liz me hace una ensalada de pollo con chile dulce que está para chuparse los dedos. Luego me voy al almacén a preparar la sierra mecánica con Irene, quien me explica cómo se mezcla el aceite y la gasolina y se rellena el tanque. Y cómo se arranca la puta sierra mecánica. Ya le he dicho que yo no pienso acercarme a eso, que veo a Caracuero delante de mis ojos cada vez que la oigo en marcha.

Liz viene al almacén, bastante alterada, y nos pide que le digamos a Greetje que ella no puede mantener a una persona que no hace nada. Dice que hace un rato le preguntó que si podía lavar los platos y Greetje dijo que sí pero siguió metida en el facebook sin moverse del sofá; al final los lavó Irene. Liz nos cuenta que la han despedido del hotel por ponerse mala dos días en una semana, y que ahora no sabe cómo va a salir adelante. Se la ve desesperada.

Donde el árbol caído, Liz corta las ramas en pedazos y yo las voy recogiendo en sacos para llevárnoslos a la granja. En cierto momento, me doy cuenta de que la sierra no está sonando y voy a buscar a Liz. La encuentro sentada en una piedra, en mitad del bosque, mirando al río y llorando. Se queda ahí un buen rato.

De vuelta, me pide consejo sobre qué hacer con Urszula. Ayer se alegró tanto de escucharla que no pudo decirle que era mejor que se quedase otra semana fuera; tiene dos motivos para ello: 1) Charlotte y 2) que tiene que viajar a Irlanda y no quiere irse dejando a Urszula aquí porque es una persona inestable que necesita un cuidado. Yo, más que darle consejo, salgo del apuro como mejor puedo. Le contaría todo ahora mismo, pero no lo hago. Yo también necesito consejo. Liz dice que no quiere decirle a Urszula que no venga porque Irene y yo nos hemos hecho amigos de ella y eso nos perjudicaría; yo le digo que haga lo que tenga que hacer pensando en ella misma y en su hija, y no en nosotros. Hay prioridades. Y, por cierto, después de dos kilómetros llevando un carro cargado tengo los brazos hechos azúcar.

En casa, superviso un email en el que Liz le pide muy educadamente a Urszula que vuelva unos días más tarde porque tiene muchos follones en casa ahora mismo. Lo envía.

Irene y yo hablamos a la noche. Ha pensado sobre el asunto y cree que, incluso si Liz se enterara de que tonteé con Urszula, no pasaría nada. Está segura de que lo entendería.

Miércoles


Salgo a caminar por el bosque. El camino empieza con la pendiente de la montaña, que me deja los pulmones colgando, y sigue por el bosque hasta descender por la otra ladera y juntarse con el camino principal, el que viene de Strachur y va a Glenbranter, a la altura de las casas de Jim y Nikky. Después de la pendiente, el resto es un paseo. Escucho el Hergest Ridge de Mike Oldfield y lo flipo como nunca. Casi se puede tocar la magia.

Hoy me centro en diseñar el logotipo de la granja para la página web. A la tarde, Charlotte se sienta a mi lado para ver qué estoy haciendo; ve el logotipo y le encanta, así que va corriendo a llamar a su madre. Liz se pone la mar de contenta.


El teléfono suena bastante tarde, cuando todos estamos acostados. Nadie lo coge, pero mañana sabremos que Urszula ha dejado un mensaje diciendo que volverá el lunes.

Jueves


Esta mañana, en el bosque, escucho el Ommadawn de Mike Oldfield.


Este disco me ha contado muchas historias, pero nunca una tan profunda y tan bella como la que me ha contado hoy: la lucha de un hombre por tocar a una diosa a la que ama. Debe de haber un lugar en el bosque totalmente hermético, cerrado por una carcasa de liquen, donde el aire y el agua son puros, dignos de una diosa. El hombre sabe que si entra ahí lo contaminará todo y la diosa morirá o, como poco, desaparecerá, pero lo que siente es más fuerte que lo que sabe. El amor tiene mucho de fe, y la fe no responde a razonamientos. La fe en que no pasará nada, en que todo saldrá bien, es lo que lleva a cometer los errores más graves. La historia, claro, es mucho más compleja y, en realidad, no tengo palabras ahora mismo para contar todos sus niveles. Los fragmentos que he podido ordenar por el camino, puestos sobre la música como si esta fuera una tela virgen donde bordar leyendas, me han emocionado tanto que he acabado llorando. Ha sido una experiencia estremecedora. No hay nada más intenso y más puro que una historia sin contar; sin contaminar con palabras. Pero siempre queda la fe en que hallaré las palabras adecuadas para no contaminarla en el proceso de escribirla. El amor y la escritura tienen mucho en común.



Una vez en el camino principal, sigo en dirección a Strachur dos o tres kilómetros hasta que me cruzo con Greetje y Charlotte, que vienen de hacer la compra en la gasolinera del pueblo. En un prado junto al camino, contemplamos a los corderillos que nacieron hace poco en una de las granjas vecinas. Una preciosidad.

Trabajo en la página web de la granja y discuto con Liz sus contenidos. Quiere que ponga una sección donde me publicite como diseñador web, editor o lo que quiera hacer si es que quiero hacer algo, y donde Urszula pueda ofrecer sus servicios de jardinería por la zona. Su intención es que nos quedemos aquí y montemos un gran negocio entre todos. Yo no quiero diseñar, odio ese trabajo. Y dudo que Urszula se quede aquí. Y no sé qué haré yo. Y... y...

Llueve. Voy a echarle unas fotos a Charlotte mientras monta a Fly por el campo de entrenamiento de la colina y después me pongo a montar una de las dos carpas que tenemos para las fiestas en el patio. Veo a Greetje deambulando por la zona y le pido que venga a ayudarme. Sé que la mayoría de las veces no hace nada porque no sabe qué hacer o porque Irene ya lo ha hecho. Anoche le dije a Irene que no lo hiciera todo ella. No descansa. Y no estamos aquí para eso. Liz ha dicho millones de veces que nos lo tomemos con calma, pero Irene es un torbellino. Afortunadamente, hoy me ha hecho caso y se ha relajado un poco. Las cosas han ido bien.

Greetje y yo montamos la primera carpa y ya está bien por hoy. Cenamos, charlamos y dormimos.


Viernes


Tras el paseo, descanso un poco y salgo a montar la segunda carpa. Cuando ya tengo la estructura lista, llamo a Irene para que me ayude con la cubierta. Luego ideo el modo de unir ambas carpas y, para la hora del almuerzo, tenemos listo el asunto. Un gran espacio para hacer fiestas. Lo estrenaremos esta noche cuando Nikky, Jim y sus familias vengan a echar el rato. Greetje no estará, porque en un momento se va a pasar el día con alguien que viene de Alemania a visitarla. Cuando nos acostemos, aún no habrá vuelto.

Liz cocina pan de ajo con salami, tomate natural y queso brie. Alucinante. En la sobremesa, Charlotte me pide que le ponga la canción que estoy componiendo; yo le advierto que no está lista y que dura catorce minutos, pero se empeña. La escucha y asegura que le gusta mucho, que es distinta a todo lo que ha escuchado antes pero es muy buena. Y que le ha gustado mi voz. :)

Ya anocheciendo, Charlotte viene a jugar a las cartas conmigo. Me enseña un par de juegos y echamos el rato charlando. No nos podemos llevar mejor. El otro día le dije que es como tener una hermana pequeña y se alegró un montón.

A la noche vienen los hippies y disfrutamos de una agradable velada en la carpa. Jim y yo hablamos sobre autores de ciencia ficción y terror cósmico. Cuando entro a la casa para descongelarme un poco veo que Berta e Irene están ensayando una melodía irlandesa con la flauta; agarro unos bongos que hay por ahí y me uno a ellas. Tras el ensayo, nos vamos a la carpa más oscura, donde solo están las niñas de Jim y de Nikky, jugando a invocar espíritus con las velas. Nos instalamos y tocamos la melodía irlandesa y una polca. Un hijo de Jim se nos une con la guitarra acústica.

Una de las hijas de Jim

El momento musical de la noche, sin embargo, no es la jam session de la carpa. Ya a las tantas de la madrugada, cuando todos se han ido, Liz hace más pan de ajo y tenemos una segunda cena en familia. Nos enseña a Irene y a mí un baile típico irlandés en el que los zapatos son la percusión; el baile precursor del claqué. Nos pone un vídeo de un señor trajeado bailando en un plató de televisión y... por el amor de Dios, qué risa. Yo temo ofender a Liz, que está muy metida en las tradiciones irlandesas, pero no puedo evitar partirme el culo. De todas formas, y lejos de ofenderse, se ríe también.



Un rato después, Liz le enseña un vídeo de caballos a Irene en su portátil. Inexplicablemente, la canción de fondo del vídeo es el Gangnam Style. Busco entonces el vídeo del señor bailando y lo pongo a pantalla completa. Y, en cuanto le doy la vuelta a mi portátil para que todos vean al señor bailando el Gangnam Style... mira: Irene se tiene que salir del ataque de risa que le da; Liz, por los suelos, como su cena (la tira de un manotazo mientras se troncha); Berta no les va a la zaga; y yo tengo que mirar a otro lado para mantener la compostura. No podemos parar de reír en lo que queda de noche; es imposible mantener una conversación después de ver lo que hemos visto. Qué pena que Charlotte ya esté durmiendo. El resto nos acostamos riéndonos.

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