viernes, 19 de abril de 2013

Semana de terror

Nos levantamos tempranísimo para despedirnos de Charlotte y de Greetje, quien vuelve a Dunoon porque Liz no se puede hacer cargo de ella (y tampoco lo necesita, ya que tiene un piso pagado por su iglesia en el pueblo). Liz me pregunta cuando me la encuentro que si he tenido problemas para dormir esta noche; le digo que no y me comenta que se oían ruidos en mi habitación, algún porrazo y pasos, lo cual me acojona bastante, pero me acojonará más mañana. Cuando se van, me quedo en el salón desayunando y hablando con Berta. A media mañana salgo a trabajar desmontando lo que queda de las carpas y guardándolo todo en sus cajas.

Irene está muy nerviosa. Sale a echarse un cigarro y se fuma tres seguidos, y eso que es un tabaco marroquí fortísimo que ha traído Berta de Francia. Dice que no quiere hablar. Duda de si nosotros le estamos gastando una broma y no quiere que hablemos cerca de los teléfonos móviles porque nos pueden escuchar incluso teniéndolos apagados. Con cuentagotas, le saco que la han llamado al móvil preguntando que si "mamá estaba ya en casa", pero que estaba segura de que no era Charlotte. Y un rato más tarde han vuelto a llamar, esta vez a casa, preguntando lo mismo y diciendo que ya había llegado. Berta se empieza a asustar porque no entiende por qué Irene está tan nerviosa, y ella no suelta prenda. Yo pienso en estos momentos, y se lo digo a ellas, que a lo mejor Urszula está viniendo y se ha hecho pasar por Charlotte para asegurarse de que Liz no está en casa; esto lo pienso por el modo en que Irene asegura que la del teléfono no era Charlotte y lo asustada que se la ve. Y justo le pregunto a Irene que si cree que Urszula vendrá hoy cuando aparece una furgoneta de mudanzas de la que se bajan Urszula y dos tíos. Ella saluda a Irene, me mira e inclina la cabeza y entra a recoger todas sus cosas. Yo sigo trabajando.

Los pavos empiezan a sacar movidas de Urszula y a cargarlas en la furgo. Despejo el patio de hierros y de cajas porque seguramente lloverá pronto. Urszula está a punto de irse y ni siquiera le ha dicho nada a nadie. Ni un mensaje por el facebook. Viene, inclina la cabeza y dentro de un rato se irá.

Berta sale muy preocupada porque no entiende qué está pasando; le digo que no se preocupe, que Urszula ha venido a por sus cosas y ya está, que vuelva adentro. Luego viene Irene y me pregunta que qué se supone que tiene que hacer, y yo le digo que nada. Yo no intuyo ningún peligro; solo es Urszula llevándose sus cosas. Pero de pronto necesito subir al bosque y ver la escena desde la distancia. No quiero tenerla cerca nunca más.

Subo la media montaña hasta la linde del bosque. No hago más que entrar y tomar el sendero habitual cuando veo un grupo de ciervos. Durante todo el trayecto a partir de ahora veo ciervos a montones. Me cruzo con siete u ocho grupos. Camino hasta el primer arroyo y me siento a mirar la mudanza desde lo alto de la montaña. Desde aquí, Urszula solo es una mierdecilla negra que entra y sale de la casa. Ni siquiera parece tan puta de lejos. Resulta difícil sentir algo por ella.

Sé que cuando no siento nada es porque me desbordan unos sentimientos que no puedo poner en orden, y lo mejor es evacuarlos rápidamente. No se me ocurre mejor manera que echar a andar escuchando música. Ando y ando, y sigo andando, y tomo el camino que sube hasta casi la cima de la montaña. Me cruzo con más y más ciervos y paso por lugares preciosos. Pienso por un momento que qué pena no haber traído una cámara, pero en seguida me viene a la cabeza la idea de que cuando uno va sin cámara es cuando ve las cosas más hermosas. Y esas son las cosas que se recuerdan primero, pues en cuanto le sacas una foto a algo tu memoria ya no se esfuerza en recordarlo. Pensando en esto se me cruza a pocos metros un gran ciervo macho. Se queda parado en medio del camino, mirándome, hasta que se aburre y se va dando brincos montaña abajo.

Después de una hora andando llego al punto en el que el camino baja de nuevo, pero por el otro lado de la montaña. Me paro un poco a descansar y doy media vuelta. En cuanto empiezo a andar sobre mis pasos se pone a llover con suavidad. He hecho bien en darme la vuelta ahí. Espero que no diluvie, porque no he traído ni el chaquetón.

Desde la primera bifurcación que encuentras subiendo se ve la granja. Compruebo que la furgoneta ya se ha ido. No volveré a ver a Urszula. Estoy más tranquilo. Comienzo a descender por el camino que pasa por casa de Alister y, cuando llego abajo, veo a dos personas que parecen discutir en el camino. Una de ellas lleva una bicicleta, la otra una mochila enorme y las dos visten chalecos reflectantes. Están lejos, así que no les presto mucha atención y sigo hacia la granja, pero a los pocos pasos oigo un grito a mis espaldas y cuando me doy la vuelta veo a Irene corriendo hacia mí. La pareja de los chalecos son Irene y Berta.

Irene me dice que Berta ha escapado porque la situación se ha puesto muy complicada y tenía miedo. Según dice, Berta ha dicho que los acompañantes de Urszula han puesto explosivos en la casa. Decido hablar en español con Berta para explicarle que Irene está comportándose de manera muy extraña hoy, que parece  que tiene paranoia y la convenzo para que vuelva a la casa. No puede dejar así a Liz, sin saber ni por qué se va. Irene comenta que tiene una llamada a Suiza hecha desde su móvil y que no sabe quién ha llamado, que al llamar ella al mismo número se ha puesto una desconocida, y que seguramente Urszula le ha quitado el móvil un rato para manipularla de algún modo.

En casa me entero de que Irene ha sido quien le ha dicho a Berta que haga las maletas y se vaya. Ella también se había ido, con mi portátil en la mochila, para buscarme por los caminos por los que suelo andar y avisarme para que también me escapara. Pero en cuanto me ve, Irene parece cambiar de opinión y piensa que lo mejor es volver a la granja. Me pregunta varias veces que si estoy seguro de que no estamos en peligro, y yo le respondo que sí estoy seguro. Dice que me cree.

Liz está destrozada. No entiende cómo hemos dejado que unos extraños entren en su casa para llevarse cosas. Tendríamos que haber llamado a la policía, según ella. Se alegra de que las haya traído de vuelta y más tarde reconoce que también se alegra de no haber estado presente cuando Urszula ha venido.

Pero Irene está fatal. Dice que vio a uno de los secuaces de Urszula entrando en el baño, y piensa que ha puesto algo ahí para matarnos. Dice que el agua que bebemos está envenenada, que la valla que han roto los caballos solo la ha podido romper una persona deliberadamente, que hay alguien que intenta sabotear la granja y nos quiere hacer daño, que Urszula va a volver y le va a hacer algo. Se acuesta mareada y al rato vuelve al salón, donde Liz y yo estamos hablando; le noto algo raro en los ojos, como si las cuencas las tuviera más oscuras, como si tuviera de pronto diez años más, no sé. Sale diciendo que alguien puso explosivos en la camioneta y rompió una pieza (la que fueron a arreglar al taller en Dunoon), que eso no pudo ser un accidente. Que estamos en peligro. Y se vuelve a acostar nerviosa.

Liz cree que alguien del pueblo puede estar tratando de hacer su vida imposible para que venda la granja, porque hay muchos intereses en estas tierras. Cuenta que a veces, cuando su madre estaba fregando los platos, alguien golpeaba la ventana de noche para asustarla. Y que de vez en cuando le ha parecido que hay alguien rondando cuando estaba de noche dándole de comer a los caballos. En esas situaciones ella se ha puesto a recitar encantamientos en gaélico para acojonar a quien andase alrededor. En fin.

Al día siguiente, me levanto a las 6, justo cuando se levanta Liz. Está crispada, en modo neurótico. Me echa en cara que dejásemos entrar a unos desconocidos en su casa, le parece que estamos todos de parte de Urszula y en su contra. Llora. Yo mantengo la calma y la voy convenciendo de que estoy de su parte. Al final le cuento todo lo de Urszula. Ella lo entiende y, al rato, se le pasa la crisis y me da un abrazo.

Subimos a arreglar las tuberías del río porque, otra vez, no tenemos agua. El río ha crecido una barbaridad y hay casi que meterse en él para manipular el sistema. En una maniobra, me caigo al agua de espaldas. Por suerte, tengo una rama cerca y me logro agarrar y salir antes de que la corriente me lleve colina abajo. Solo me he mojado una pierna. Llevo puesto un impermeable buenísimo.

Después de arreglar el agua, Liz y yo nos damos un paseo por la granja. Han salido corrientes de agua nuevas por todas partes. También vemos que las ranas han puesto cientos de huevos en el estanque de la colina. Me dice que en verano todo esto estará lleno de ranas y de libélulas. Nos acercamos a las tumbas de sus padres. Se pasa casi todas las mañanas a saludarlos, dice. Me cuenta historias sobre ellos de camino a la casa.

En cuanto entramos al salón, Irene y Berta, que están hablando ahí, se salen a fumarse un cigarro. Liz se crispa de nuevo porque cree que Irene se ha ido porque la quiere evitar. Cuando regresan, les da un día para pensarse si quieren estar aquí y trabajar duro (hace dos o tres días que Irene no está haciendo casi nada). Les ofrece salir a dar un paseo o ir a algún pueblo cercano, echar el día por ahí, conversar sobre el asunto y decidir si se sigue aquí o no. Me pide que las acompañe para ayudarlas en su decisión. Dice que necesita estar sola porque está al límite de sus fuerzas y tiene que distraerse limpiando la casa y, cuando todo esté ordenado, dormir un rato. Quedamos en que volveremos a las 8 y ella ya habrá preparado la cena.

Propongo ir a las cataratas otra vez, ya que con lo que ha llovido tiene que ser un espectáculo. Nada más empezar a caminar, Irene se marea y se tumba en la hierba. Dice que siente que alguien está tirando de ella hacia atrás, como si alguien no quisiera que fuera a las cataratas. De pronto pesa mucho más. No se encuentra bien. La convenzo para seguir. Como siempre digo: luego me arrepentiré.

Cuando se recupera, seguimos. Empieza a decir algunas cosas raras, pero no llega a terminar las frases y no me hago una idea de lo que quiere decir realmente. Me pide opinión sobre cosas que no ha dicho del todo. La insto a hablar claro y, cuando estamos ya en el sendero hacia las cataratas, lo hace: me dice que el gobierno está manipulándola para quitarle la sangre, y que Liz es del gobierno y es una bruja, que ahora está haciendo brujería en la casa y por eso nos ha echado, que nos escuchan por los teléfonos móviles aunque estén apagados, que le ha dicho a Liz que su madre intenta ayudarla a través de ella (es decir, que Irene está poseída por la madre de Liz) y Liz se ha asustado (no te jode).

El resto del camino trato de hacerla volver a la tierra como le prometí esta mañana (me pidió que si decía alguna locura le dijera la verdad). En un momento dado, nos cruzamos con una familia que está dando un paseo; ella asegura que son espías, que la han encontrado, y los evita. Luego empieza a preguntarme que quién soy yo; primero dice que soy un sacerdote y luego que un demonio, y que la estoy manipulando para que el gobierno le quite la sangre.

Cuando paramos a almorzar, ya en la catarata, ella está bastante mejor. Un rato después, dos hombres llegan paseando con dos perros. Irene se pone nerviosa, seguimos andando y de pronto quiere tomar un caminillo que sale del sendero y se adentra en el bosque. Vamos por ahí hasta que llegamos a una pista de tierra para vehículos. Me pregunta que si es por la derecha o por la izquierda, y yo le digo que por la derecha se llega a la granja pero que son muchísimos kilómetros; que por la izquierda se va al Loch Eck pero está lejísimos también; y que para seguir hay que volver por el caminillo hasta el sendero de la cascada. En cuanto comenzamos a deshacer el camino, ella dice que va a mear, que nos adelantamos un poco. Berta y yo vamos al otro extremo del caminillo, casi en el sendero de la cascada, y cantamos Hey Jude un rato hasta que me doy cuenta de que ha pasado demasiado tiempo para una meada. Vuelvo atrás y Irene no está. Ha desaparecido.

Le digo a Berta que se quede donde la vimos por última vez por si volviese mientras yo voy por la pista que le dije que iba a la granja, pero se empeña en ir ella. Le digo que ande rápido durante 15 minutos en dirección a la granja y que vuelva inmediatamente si no la ve. Me quedo esperando y examinando el terreno en busca de huellas, sin éxito. Hay una pequeña ciénaga y algunos troncos caídos cubiertos de matorrales; imagino que se ha colado por algún sitio. Imagino que si se ha hundido en el fango o se ha caído por un pozo, ya hace rato que está muerta. Imagino también que se ha adentrado en el bosque, con lo peligroso que es. O que se ha tirado por la garganta de la cascada huyendo de algún demonio.

Berta no la encuentra. Está muy nerviosa, a punto de llorar; le digo que se relaje. Me pregunta que cómo puedo estar tan tranquilo y le digo que si no lo estuviera no podría pensar con claridad. Bajamos toda la ruta de vuelta hasta la aldea de Glenbranter, donde hay unas oficinas de los forestales. Cuando llegamos, están cerradas. Camino por el pueblo en busca de alguien a quien preguntar y veo a través de una cortina que una mujer nos está mirando desde su salón; le hago una señal para que salga y la veo corriendo por su casa. Sale y pregunta que qué nos pasa, le cuento la situación y entra a llamar al marido. La mujer se calza unas botas y sube a recorrer todo el camino en busca de Irene. El marido llama a una vecina que tiene un 4x4 y, mientras viene, nos acompaña a un punto desde el que se ven los dos caminos que vuelven del bosque, por si vemos a Irene bajar. La mujer vuelve una hora después sin noticias. La vecina y ella suben en el 4x4 a recorrer la pista donde la vimos por última vez. Alguien ya ha llamado a la policía, pero la comisaría más cercana está en Dunoon, a 20 km de carretera sinuosa, y tenemos que esperar. En este rato muerto es cuando me da un pequeño ataque de nervios y me pongo a llorar. Vuelvo a imaginar que se ha tirado por algún sitio porque tenía miedo de mí o porque le he dicho algo que no debiera.

Un guarda forestal llega a la oficina, nos invita a entrar y nos prepara un café. Le señalo en un mapa el punto exacto donde la vimos por última vez y hacia dónde creo que ha ido. El policía llega al rato y me hace un montón de preguntas; luego sube con dos guardas más que han llegado a recorrer las pistas con varios todoterrenos. Llama a un helicóptero.

Es casi de noche cuando vemos el helicóptero barriendo la zona. Entonces me da otro pequeño ataque, como si hubiera ascendido a otro nivel de consciencia de lo que está pasando a mi alrededor al ver el helicóptero sobrevolándonos. Viene más policía, me hacen más preguntas. Hablo por teléfono con Liz, a quien ya han avisado los vecinos, y entre sollozos me dice que no ha sido culpa mía, que ni se me pase por la cabeza.

Y, de pronto, la encuentran. La encuentran andando por el camino en dirección a la granja, tan tranquila. Diciendo que ha ido a dar un paseo.

La policía nos lleva a casa. Les digo que estamos asustados, aunque contentos de que esté de vuelta, y que no podemos volver a pasar la noche allí con ella, sin más. Que es peligrosa. Me responden que ya pensarán en algo. Una polla. Interrogan a Irene; Liz les cuenta absolutamente todo lo que ha pasado en la granja en los últimos días. Irene ahora parece más o menos normal. Nosotros intentamos convencer a los polis de que hagan algo con ella, de que la lleven a un hospital, pero ellos dicen que solo pueden llevársela si ella da su consentimiento. Un poli me pregunta delante de Irene que si tengo miedo de ella y yo respondo que no tengo miedo de ella, que tengo miedo de que se haga algo ella. Al final, la policía se va y nos deja a Irene en casa. Nos dicen que nos tomemos un té y nos acostemos como si no hubiera pasado nada.

Liz no puede evitar irse a dormir, está al borde del colapso. Berta y yo nos quedamos en el salón toda la noche. Irene se acuesta 20 segundos, se le ocurre alguna idea extraña y vuelve a comentárnosla, y así durante horas. Después de muchas vueltas en una conversación descabellada en la que intento traerla de vuelta a la tierra, la convenzo de que tiene que confiar en los médicos para saber qué tiene, ya que de otro modo no puede luchar contra ello. Le digo que hoy en día se puede tratar lo que creo que tiene, que si se toma las pastillas estará bien. Se nota que es muy inteligente y que incluso estando inmersa en la fantasía hay algo que le dice que tengo razón, que se lo está imaginando todo. Gracias a Dios, acaba diciendo que irá al hospital. Está preocupada porque llenó su botella con agua de la montaña y tenía huevos de rana y renacuajos y se la bebió. También nos enseña el portátil lleno de tierra; se adentró en el bosque, enterró su portátil porque la podían capturar a través de él, y más tarde volvió al bosque y lo desenterró porque tuvo un momento de lucidez.

De madrugada se levanta Liz y empieza a llamar a los servicios de urgencias. Hace cuatro o cinco llamadas larguísimas, en las que le pasa el teléfono a Irene para que comente lo que le ocurre a las enfermeras. Esta, al principio, vuelve a decir que no le pasa nada, pero poco a poco va diciendo la verdad y reconociendo que ha perdido el juicio. Sin embargo, después de mucho intentarlo, Liz no consigue que manden a un médico o una ambulancia para trasladarla (la camioneta no está como para viajar de noche y con una persona inestable dentro). Solo dicen que esperemos a las 9 para llevarla a la consulta médica de Strachur. Son las 6.

Tras 3 horas de infierno, Nikky, la vecina, y Margaret, la otra vecina de las orejeras para los caballos, vienen y, junto a Liz, llevan a Irene al médico. El médico dice que necesita medicina para la psicosis inmediatamente y lo flipa al enterarse de que nadie nos ha ayudado durante la noche. Él había tratado a Urszula cuando estaba aquí y comenta que no le extrañaría que estuviese metida en asuntos de drogas y que hubiese dado LSD o algo así a Irene, despertando toda esta mierda. Parece que ve síntomas. Yo ya no entiendo nada.

Trasladan a Irene al hospital psiquiátrico del otro lado del lago. Nos llama a la tarde. Está aterrada, piensa que los médicos son del gobierno y está convencida de que Urszula va a volver y de que sus matones seguramente van a matar a sus padres porque le dijo dónde vivían. "Puede que ya estén muertos", dice. Liz la tranquiliza, le asegura que Urszula no va a hacer nada contra ella.

Liz me cuenta que Urszula sabía que el teléfono de la casa está pinchado (porque el tío de Liz trabajaba en Inteligencia o no sé qué historias), y que eso la había puesto muy nerviosa pocos días después de llegar. Al parecer había oído el "clic, clic, clic" que pone en marcha la grabación cuando el sistema capta ciertas palabras relacionadas con actividades criminales. Y, por cierto, Urszula no estuvo estos días con su hermana sino con un tío llamado Nick que tiene un Ferrari.

Esta noche me cuesta pegar ojo. Tengo presente la imagen de una Irene desdibujada, con la cabeza inclinada y la cara tapada por su gorra gris, como estuvo los dos últimos días. Me la imagino en el pasillo de abajo mientras paso cerca de las escaleras y tengo que mirar hacia la oscuridad y comprobar que no está. Todo esto ha sido demasiado y llevo mucho tiempo sin dormir. Vuelvo a la cama. Por fin descanso.

No hay agua esta mañana. Subo a enseñarle a Berta lo que hay que hacer con las tuberías. Tardamos una hora en reparar el asunto. Está lloviendo a mares y todo es resbaladizo. Tengo que meterme directamente en el río, que ha crecido muchísimo, para poner la toma de arriba del todo en su sitio. El resto del día ayudo con los caballos. Por la tarde volvemos a hablar con Irene, quien está muchísimo mejor.

Los días siguientes trabajamos y tratamos de no echarle más leña al asunto. Pero Berta está muy asustada. La noche que a mí me costó dormir, ella subió a la habitación de Liz, desesperada, porque no podía dormir sola en la planta de abajo. Anoche tuve que ir a ayudarlas a limpiar una cuadra en la que había que aislar a Squiggle porque había que darle una medicina y no podía estar en contacto con los otros caballos; y tuve que ir solo porque Berta estaba paralizada y era incapaz de llevar los carros de mierda al borde del bosque. Está todo completamente oscuro y hay que ir con una linterna. Me sorprendo a mí mismo llevando los carros sin cagarme en los pantalones. Ya no puedo pensar en tonterías.

He pasado la noche en el salón, en el sofá-cama, con la puerta del pasillo y la del cuarto de Berta abierta. Era el único modo de que la pobre pudiese dormir.

Se supone que hoy íbamos a ver a Irene, pero ha sido imposible. Mañana tenemos planeado ir.

Para terminar, hace un rato ha llamado Urszula amenazando a Liz con hacerle algo (ha sido tan rápido que no lo ha entendido todo) si sigue hablando de ella. He podido oír "get the fuck out of my life!" (¡sal de mi vida de una puta vez!, más o menos). Estamos esperando a la policía.

domingo, 14 de abril de 2013

El último día de Charlotte

Otro día de descanso y el último día de Charlotte antes de regresar a su escuela en Inglaterra.

Para empezar, me encuentro una nota en el váter diciendo que no hay agua. El plan B es una de las dos arboledas que hay junto a la casa. Y el paso siguiente es subir al arroyo a arreglar el tubo que toma el agua.

Subimos Charlotte, Irene y yo por el camino corto y difícil, el que va bordeando el arroyo. Está lloviendo y la zona es un barrizal; tengo que avanzar agarrándome a las ramas para tirar de mí cuando me hundo, cosa que ocurre más de lo que me gustaría. Llegamos a la cisterna-depósito que hay a media colina y vemos que está vacía, lo que significa que el problema está más arriba. Yo me quedo para avisar cuando el agua vuelva a fluir y ellas siguen por el arroyo para comprobar que todo va bien en las dos tomas. Un rato después volvemos a tener agua.

Liz no se levanta hoy. Dice que cuando Charlotte vuelve a la escuela no puede ni moverse. Baja al mediodía para almorzar y ya a la tarde para preparar la cena: cordero al horno (aquí es todo al horno; y, como es un horno antiguo, todo sale tremendamente bueno). A mí no me gusta el cordero, así que me hago unas salchichas irlandesas y unas patatas asadas.

Paso todo el día en el salón, haciéndole compañía a Charlotte. Por la tarde, veo que Irene está escuchando música con los cascos y la noto tensa; luego me cuenta que es porque Liz le ha pedido que le escriba un mensaje a Urszula para que posponga su regreso una o dos semanas si puede, explicándole que se ha quedado sin trabajo y está bajo mínimos hasta que vuelva de Irlanda. Irene se pone muy nerviosa cuando tiene una responsabilidad de este tipo porque piensa que la situación se va a volver contra ella. Visto lo visto, yo también opto por ponerme los cascos.

Después de la cena salimos a fumarnos un cigarro y me entra un mareo muy chungo, supongo que debido a la mezcla de tabaco, falta de alimento (las salchichas con patatas son lo único que he comido en todo el día) y deshidratación (aquí hay que hervir el agua antes de bebérsela y el cacharro no da abasto). En el salón, Charlotte me trae una gotica de agua que queda y yo, viendo que no se me pasa el mareo, subo a mi cuarto y me acuesto. Irene viene un rato más tarde con una jarra llena y conversamos sobre cómo están las cosas. La conclusión es que están regularcillas.

Estoy demasiado cansado como para acordarme de todo lo que hablamos. Solo sé que echo de menos a la polaca, por muy problemática que sea y por muy loca que esté. Y a saber si la vuelvo a ver.

Hoy ya no salgo de la cama.

Por cierto, que el otro día vino el herrero a ponerle herraduras nuevas a los caballos. Creo que fue el miércoles. Se me olvidó comentarlo en el resumen de la semana.

Herrando a Fly

Herrando a Sunny Boy

Chuckles molestando al herrero

El herrero herrando

Charlotte con Peadair

sábado, 13 de abril de 2013

Pollo al horno

Es día de descanso general. Me despierto el primero y bajo al salón, donde Liz está durmiendo. Lleva un par de días durmiendo ahí por si la perra se pone de parto, ya que está a punto. Chuckles duerme con Charlotte y Paedair, el chihuaha, duerme en mi cama.

Bebo algo y vuelvo a mi habitación a escribir. Al mediodía, Liz llama a mi puerta y me pregunta que si quiero ir a hacer senderismo con Berta. Le digo que sí, que bajaré pronto, y aprovecho el tiempo que tengo para publicar el diario anterior.

Un rato después viene Berta. Le digo que pase y hablamos de los lugares a los que podemos ir andando esta tarde. Su idea es ir al Loch Eck. Quedamos en salir a las tres.

Después de comernos el pan de ajo que sobró ayer, Berta y yo decidimos tomar un sendero que hay marcado en Glenbranter y que según el letrero lleva a unas cataratas. Así que vamos a Glenbranter, tomamos el sendero y, hablando en español (lo cual es un pequeño respiro) sobre películas, sobre Asturias (su madre es asturiana) y sobre trucos de fotografía (que le doy), llegamos sin darnos cuenta a un tramo estrechísimo que bordea un cañón. Hay una baranda de madera. Las vistas son la hostia.

Llegamos a las cataratas antes de lo previsto y paramos un rato a echar fotos. Volvemos con cuidado, pues está empezando a llover fuerte y el camino bordea el río por el otro lado. El bosque aquí es denso y oscuro a más no poder. Parece el Bosque Negro de El Hobbit.

Ya en casa, Liz prepara pollo al horno y después de comer vemos El viaje de Chihiro en versión original subtitulada en inglés. Charlotte ya la había visto y la he puesto más que nada por Irene, con la que estuve hablando de las películas de Ghibli porque ella conocía La princesa Mononoke. La película le encanta, claro.

Y a dormir.

Berta


viernes, 12 de abril de 2013

La diosa del bosque

Domingo


Al final no vamos a caminar bordeando el Loch Eck. El día está regular y decidimos ir al monumento que está dentro de la granja pero bastante lejos (la granja es enorme). Eso es por la tarde, pero al mediodía tenemos una conversación Irene y yo con Liz sobre Urszula. Liz no quiere que Urszula venga antes de que Charlotte se vaya a la escuela porque son los últimos días de vacaciones de la niña antes de los exámenes y toda la mierda (es un colegio muy duro), y Charlotte y Urszula no se llevan del todo bien. Según Liz, Urszula siente celos de Charlotte; le dice que es afortunada porque lo tiene todo, mientras que ella no tuvo nada, y otras cosas que la molestan. Al final de la conversación, Irene decide contarle a Liz que Ursula le habló mal de ella en su primer día, avisándola de lo especial que era y todo eso. No da muchos detalles, pero me sorprende que haya abierto la boca. Aunque entiendo su presión. Yo no digo nada.

En nuestro paseo al monumento de la Reina Victoria (cuando la reina subió a esa colina y vio las vistas se quedó sin habla), Irene y yo hablamos sobre el tema. Irene está muy preocupada porque piensa que ha traicionado a Urszula al contarle a Liz que le había hablado de ella, y que se lo ha contado porque antes sentía que traicionaba a Liz al no contárselo. Ambos estamos de acuerdo en que Liz es una bellísima persona que solo quiere ayudar a todos y no sabe qué hacer en esta situación. También estamos de acuerdo en que Urszula no carbura bien; cualquier grano de arena es una montaña para ella, transforma la realidad, está paranoica. Eso o, simplemente, es una hijaputa de cuidado.

El camino es largo, así que acabo contándole a Irene, para que se relaje y vea que no está en la peor situación y para que me dé consejo, lo que me pasa a mí con Urszula. Confío en Irene. Ella comprende mi problema, del que Liz no puede enterarse: no quiero que Urszula se vaya, pero tampoco quiero que Liz lo pase mal por ella. Liz quiere ayudar a Urszula, pero está al límite de sus fuerzas. Lo único que puedo hacer es no hacer nada y esperar a ver qué pasa. Le digo a Irene que si yo, estando en medio, no puedo hacer nada... menos puede hacer ella, así que no tiene por qué sentirse mal.



De vuelta, me pego una hostia al meter los pies en una ciénaga y no poder sacarlos. Los pantalones de chándal se han quedado preciosos. Ahora tengo que llevar los de repuesto. Y tendré que hacer una colada un día de estos.

Por lo menos, a Charlotte le ha flipado el montaje de vídeo que le he hecho.

Lunes


Salgo a dar un paseo muy temprano, con Liz. Vamos a donde está el árbol cortado, por el camino que va a Glenbranter, y exploramos el río a ver si algún tronco lo obstruye. Nos damos una vuelta por la orilla y me pego otra hostia, esta vez bajando un terraplén húmedo, que me deja los pantalones nuevos también comidicos de barro. Nos acercamos después a la aldea y nos cruzamos con Charlotte y Greetje, que han salido a correr. Liz me indica dónde puedo sentarme a las cinco o seis de la mañana si quiero que los ciervos me rodeen.

Trabajo con Liz limpiando de maleza una pequeña parcela de tierra en la que vamos a sembrar hierbas aromáticas. En un latigazo de una rama, mi pendiente sale volando y lo pierdo para siempre. Llevo dos días de hostias finas. A estas alturas pienso que lo mejor es que me quede en casa hasta la hora de dormir, para evitar más hostias.

Por la tarde llega Berta, desde Francia. Después de las presentaciones, y atentando contra mi seguridad, decidimos subir otra vez al monumento de la Reina Victoria para que lo vean Greetje y ella. Berta es de Perpignan y habla español; nos hemos prohibido usarlo porque tenemos que practicar inglés. Tiene un inglés bastante cortito, pero se defiende mejor de lo que parece; además, Liz habla francés entre otros idiomas (ha vivido en todos sitios, entre ellos París cuando era cantante).

Irene y Berta

El monumento a la Reina Victoria

Greetje

Volviendo del monumento... ¡sorpresa!, otra hostia. Voy el último, tomando fotografías, cuando se me tuerce el tobillo. No llego a caer, pero el resto del camino sufro lo mío. Greetje y Berta están inmersas en una conversación profunda, así que no se dan cuenta y siguen andando hasta la granja; Irene se da la vuelta y me ayuda. Pero no andamos unos pasos cuando algo, una espina o algo, algo invisible, se me clava en el otro pie. Desde ahí, si me apoyo en un pie me duele el tobillo y si me apoyo en el otro siento un pinchazo en la planta. Nos paramos a esperar a que se me calme un poco en un lugar con buenas vistas, nos fumamos un cigarro y regresamos despacico. Por suerte, mañana se habrá recuperado del todo.

Urszula llama y le dice a Liz que volverá el jueves. Liz está feliz de escucharla y le parece perfecto, cosa que yo no comprendo por ahora.

Hoy me acuesto muy temprano porque estoy reventado.

Martes


Nos levantamos a la hora prevista para la caminata en busca de los ciervos que planeamos ayer: las 5:30. Desayunamos y salimos hacia el bosque. Liz no viene porque tiene un dolor muy fuerte en el costado y cree que puede ser por su problema con la vesícula, que le está jodiendo la vida. Por eso mismo ha tenido que faltar un par de días al trabajo.

Subimos media montaña hasta penetrar en el bosque, con dos huevos. La pendiente es impensable y el terreno de lo más complicado. Una vez en el bosque, seguimos por el sendero hasta que, en una bifurcación, vemos a unos cuantos ciervos de paso. Al oírnos, uno se para y se nos queda mirando un rato largo. Siempre me he sentido extraño cuando me mira un ciervo; son criaturas tan puras, de un mundo tan distinto. ¿Qué pensarán? ¿Cómo nos verán?

Seguimos andando un rato hasta que Greetje se cansa y nos damos la vuelta. Ya en casa, me voy a dormir hasta la hora del almuerzo por recomendación de Liz, que me quiere fuerte por la tarde para cortar unos troncos donde el árbol caído.

Cada uno se prepara lo suyo hoy, pero Liz me hace una ensalada de pollo con chile dulce que está para chuparse los dedos. Luego me voy al almacén a preparar la sierra mecánica con Irene, quien me explica cómo se mezcla el aceite y la gasolina y se rellena el tanque. Y cómo se arranca la puta sierra mecánica. Ya le he dicho que yo no pienso acercarme a eso, que veo a Caracuero delante de mis ojos cada vez que la oigo en marcha.

Liz viene al almacén, bastante alterada, y nos pide que le digamos a Greetje que ella no puede mantener a una persona que no hace nada. Dice que hace un rato le preguntó que si podía lavar los platos y Greetje dijo que sí pero siguió metida en el facebook sin moverse del sofá; al final los lavó Irene. Liz nos cuenta que la han despedido del hotel por ponerse mala dos días en una semana, y que ahora no sabe cómo va a salir adelante. Se la ve desesperada.

Donde el árbol caído, Liz corta las ramas en pedazos y yo las voy recogiendo en sacos para llevárnoslos a la granja. En cierto momento, me doy cuenta de que la sierra no está sonando y voy a buscar a Liz. La encuentro sentada en una piedra, en mitad del bosque, mirando al río y llorando. Se queda ahí un buen rato.

De vuelta, me pide consejo sobre qué hacer con Urszula. Ayer se alegró tanto de escucharla que no pudo decirle que era mejor que se quedase otra semana fuera; tiene dos motivos para ello: 1) Charlotte y 2) que tiene que viajar a Irlanda y no quiere irse dejando a Urszula aquí porque es una persona inestable que necesita un cuidado. Yo, más que darle consejo, salgo del apuro como mejor puedo. Le contaría todo ahora mismo, pero no lo hago. Yo también necesito consejo. Liz dice que no quiere decirle a Urszula que no venga porque Irene y yo nos hemos hecho amigos de ella y eso nos perjudicaría; yo le digo que haga lo que tenga que hacer pensando en ella misma y en su hija, y no en nosotros. Hay prioridades. Y, por cierto, después de dos kilómetros llevando un carro cargado tengo los brazos hechos azúcar.

En casa, superviso un email en el que Liz le pide muy educadamente a Urszula que vuelva unos días más tarde porque tiene muchos follones en casa ahora mismo. Lo envía.

Irene y yo hablamos a la noche. Ha pensado sobre el asunto y cree que, incluso si Liz se enterara de que tonteé con Urszula, no pasaría nada. Está segura de que lo entendería.

Miércoles


Salgo a caminar por el bosque. El camino empieza con la pendiente de la montaña, que me deja los pulmones colgando, y sigue por el bosque hasta descender por la otra ladera y juntarse con el camino principal, el que viene de Strachur y va a Glenbranter, a la altura de las casas de Jim y Nikky. Después de la pendiente, el resto es un paseo. Escucho el Hergest Ridge de Mike Oldfield y lo flipo como nunca. Casi se puede tocar la magia.

Hoy me centro en diseñar el logotipo de la granja para la página web. A la tarde, Charlotte se sienta a mi lado para ver qué estoy haciendo; ve el logotipo y le encanta, así que va corriendo a llamar a su madre. Liz se pone la mar de contenta.


El teléfono suena bastante tarde, cuando todos estamos acostados. Nadie lo coge, pero mañana sabremos que Urszula ha dejado un mensaje diciendo que volverá el lunes.

Jueves


Esta mañana, en el bosque, escucho el Ommadawn de Mike Oldfield.


Este disco me ha contado muchas historias, pero nunca una tan profunda y tan bella como la que me ha contado hoy: la lucha de un hombre por tocar a una diosa a la que ama. Debe de haber un lugar en el bosque totalmente hermético, cerrado por una carcasa de liquen, donde el aire y el agua son puros, dignos de una diosa. El hombre sabe que si entra ahí lo contaminará todo y la diosa morirá o, como poco, desaparecerá, pero lo que siente es más fuerte que lo que sabe. El amor tiene mucho de fe, y la fe no responde a razonamientos. La fe en que no pasará nada, en que todo saldrá bien, es lo que lleva a cometer los errores más graves. La historia, claro, es mucho más compleja y, en realidad, no tengo palabras ahora mismo para contar todos sus niveles. Los fragmentos que he podido ordenar por el camino, puestos sobre la música como si esta fuera una tela virgen donde bordar leyendas, me han emocionado tanto que he acabado llorando. Ha sido una experiencia estremecedora. No hay nada más intenso y más puro que una historia sin contar; sin contaminar con palabras. Pero siempre queda la fe en que hallaré las palabras adecuadas para no contaminarla en el proceso de escribirla. El amor y la escritura tienen mucho en común.



Una vez en el camino principal, sigo en dirección a Strachur dos o tres kilómetros hasta que me cruzo con Greetje y Charlotte, que vienen de hacer la compra en la gasolinera del pueblo. En un prado junto al camino, contemplamos a los corderillos que nacieron hace poco en una de las granjas vecinas. Una preciosidad.

Trabajo en la página web de la granja y discuto con Liz sus contenidos. Quiere que ponga una sección donde me publicite como diseñador web, editor o lo que quiera hacer si es que quiero hacer algo, y donde Urszula pueda ofrecer sus servicios de jardinería por la zona. Su intención es que nos quedemos aquí y montemos un gran negocio entre todos. Yo no quiero diseñar, odio ese trabajo. Y dudo que Urszula se quede aquí. Y no sé qué haré yo. Y... y...

Llueve. Voy a echarle unas fotos a Charlotte mientras monta a Fly por el campo de entrenamiento de la colina y después me pongo a montar una de las dos carpas que tenemos para las fiestas en el patio. Veo a Greetje deambulando por la zona y le pido que venga a ayudarme. Sé que la mayoría de las veces no hace nada porque no sabe qué hacer o porque Irene ya lo ha hecho. Anoche le dije a Irene que no lo hiciera todo ella. No descansa. Y no estamos aquí para eso. Liz ha dicho millones de veces que nos lo tomemos con calma, pero Irene es un torbellino. Afortunadamente, hoy me ha hecho caso y se ha relajado un poco. Las cosas han ido bien.

Greetje y yo montamos la primera carpa y ya está bien por hoy. Cenamos, charlamos y dormimos.


Viernes


Tras el paseo, descanso un poco y salgo a montar la segunda carpa. Cuando ya tengo la estructura lista, llamo a Irene para que me ayude con la cubierta. Luego ideo el modo de unir ambas carpas y, para la hora del almuerzo, tenemos listo el asunto. Un gran espacio para hacer fiestas. Lo estrenaremos esta noche cuando Nikky, Jim y sus familias vengan a echar el rato. Greetje no estará, porque en un momento se va a pasar el día con alguien que viene de Alemania a visitarla. Cuando nos acostemos, aún no habrá vuelto.

Liz cocina pan de ajo con salami, tomate natural y queso brie. Alucinante. En la sobremesa, Charlotte me pide que le ponga la canción que estoy componiendo; yo le advierto que no está lista y que dura catorce minutos, pero se empeña. La escucha y asegura que le gusta mucho, que es distinta a todo lo que ha escuchado antes pero es muy buena. Y que le ha gustado mi voz. :)

Ya anocheciendo, Charlotte viene a jugar a las cartas conmigo. Me enseña un par de juegos y echamos el rato charlando. No nos podemos llevar mejor. El otro día le dije que es como tener una hermana pequeña y se alegró un montón.

A la noche vienen los hippies y disfrutamos de una agradable velada en la carpa. Jim y yo hablamos sobre autores de ciencia ficción y terror cósmico. Cuando entro a la casa para descongelarme un poco veo que Berta e Irene están ensayando una melodía irlandesa con la flauta; agarro unos bongos que hay por ahí y me uno a ellas. Tras el ensayo, nos vamos a la carpa más oscura, donde solo están las niñas de Jim y de Nikky, jugando a invocar espíritus con las velas. Nos instalamos y tocamos la melodía irlandesa y una polca. Un hijo de Jim se nos une con la guitarra acústica.

Una de las hijas de Jim

El momento musical de la noche, sin embargo, no es la jam session de la carpa. Ya a las tantas de la madrugada, cuando todos se han ido, Liz hace más pan de ajo y tenemos una segunda cena en familia. Nos enseña a Irene y a mí un baile típico irlandés en el que los zapatos son la percusión; el baile precursor del claqué. Nos pone un vídeo de un señor trajeado bailando en un plató de televisión y... por el amor de Dios, qué risa. Yo temo ofender a Liz, que está muy metida en las tradiciones irlandesas, pero no puedo evitar partirme el culo. De todas formas, y lejos de ofenderse, se ríe también.



Un rato después, Liz le enseña un vídeo de caballos a Irene en su portátil. Inexplicablemente, la canción de fondo del vídeo es el Gangnam Style. Busco entonces el vídeo del señor bailando y lo pongo a pantalla completa. Y, en cuanto le doy la vuelta a mi portátil para que todos vean al señor bailando el Gangnam Style... mira: Irene se tiene que salir del ataque de risa que le da; Liz, por los suelos, como su cena (la tira de un manotazo mientras se troncha); Berta no les va a la zaga; y yo tengo que mirar a otro lado para mantener la compostura. No podemos parar de reír en lo que queda de noche; es imposible mantener una conversación después de ver lo que hemos visto. Qué pena que Charlotte ya esté durmiendo. El resto nos acostamos riéndonos.

sábado, 6 de abril de 2013

Saturday Night Chat

El sábado estamos muy perros todos, así que nos quedamos remoloneando por la casa. Al mediodía viene de visita un inglés afincado en Inveraray (en el extremo norte del Loch Fyne), Chris, con su hija de doce años; ella es jinete y acaba de participar en una competición cerca de Glasgow, así que Strachur les pilla de camino. El motivo de la visita es dar unos saltos con los caballos en los campos, para que las niñas se conozcan; Liz quiere contar con él para futuros eventos con los caballos en la granja.

Es un tío majo. Le ayudo a montar los saltos y me quedo un rato con ellos antes de volver a casa y empezar a preparar la berenjena para el almuerzo. La dejo en sal para que se le quite el amargor, la lavo y la rebozo en harina; cuando todos están de vuelta, la pongo a freír. También tenemos ensalada de dos tipos con un aliño buenísimo que ha preparado Liz y no sé qué más. Chris y la niña se van y nos quedamos almorzando en la mesa del exterior, pero al rato se nubla y la temperatura desciende considerablemente, así que nos metemos en el salón, donde pasamos la tarde con los ordenadores, compartiendo música, viendo 9gags y tal. Por cierto, a todos les gusta mi berenjena frita; especialmente a Charlotte.

Son más bonicas en persona

El resto del día no ocurre demasiado, pero a la noche, después de la cena (cada cual se prepara algo por su cuenta), cuando la alemana ya se ha acostado, salgo para llamar a mi madre y aprovecho para pasear a los perros. Como en la granja no hay cobertura, tengo que bajar al camino y voy con una linterna. Por todas partes hay ciervos, así que a veces los perros salen corriendo tras ellos y tengo que estar continuamente llamándolos para que vuelvan a mi lado. Por lo demás, está jodidamente oscuro y hace un frío que pela, así que no aguanto demasiado antes de volver a la granja. Y no hago más que empezar a caminar de regreso cuando la batería de la linterna se agota y la luz empieza a desvanecerse. Mira, qué miedo. Hasta Paedair, el chihuaha, me da cosica. No hay una puta luz en kilómetros y el lugar es un pelín tétrico de noche. No deja de ser una granja del siglo XVIII (al menos, la primera vez que sale en los mapas es en 1772, así que puede ser más antigua aún). Y la granja fue presumiblemente construida sobre un granero mucho más antiguo. Vamos, que el lugar tiene su historia, como Silent Hill. Y, aunque los graneros antiguos no son tan terroríficos como el culto a un demonio, mientras intento no pisar un mojón de caballo en la oscuridad cualquier cosa me pone los pelos de punta.

Ya a salvo, Irene y yo empezamos a hablar de experiencias paranormales y energía y poderes y magia y cosas así. Charlotte, que pasa junto a nosotros de camino a la cama, no puede evitar unirse a la conversación, pero mañana trabaja y tiene que acostarse ya, así que, muy a su pesar, se va a su cuarto. Al rato, Liz baja diciendo que Charlotte estaba tan emocionada con la conversación que no podía dormir y fue a comerle la olla a ella sobre todo lo que estábamos hablando; le soltó la brasa y se fue a dormir desahogada. Liz se une a nuestra conversación y hablamos sobre parapsicología, filosofía, teología y un montón de cosas interesantes hasta las tres de la mañana. 

Hoy he descubierto que Liz no es tan religiosa como creía; ella cree en Dios, pero su fe es algo entre ella y Dios y no tiene nada que ver con la religión (podemos hablar de estas cosas con tranquilidad porque Greetje está ya durmiendo). Detesta la Iglesia y piensa que cualquier creencia, sea en Dios, en Alá, en Buda o en los duendes del polvo, incluso en la energía o en la propia naturaleza, es exactamente igual a las demás. Ella lo llama Dios y yo lo llamo magia.

viernes, 5 de abril de 2013

Primer día de Greetje

Me despierto tempranísimo, así que me duermo otra vez. Me vuelvo a despertar a mi hora habitual, sobre las diez y media. Bajo a desayunar y encuentro a Greetje (/gjiitye/ o yo qué sé) tomándose unos cereales mientras lee la Biblia. Me parece perfecto. Me siento frente a ella y desayuno en silencio.

Salimos a enseñarle la granja y aprovecho para que Irene me saque de algunas dudas sobre los caballos y los gansos. Greetje es una chica muy agradable; nos cuenta que pasó su infancia en una granja parecida y el lugar le trae muchos recuerdos.

Paso el resto de la mañana trabajando en la cuadra en ruinas, amontonando las maderas en el centro de la sala para luego recogerlas. Greetje viene a hablar un rato y se ofrece a ayudarme, pero es la hora del almuerzo así que le digo que mejor nos vamos a la casa. Le explico que antes de entrar al recibidor y a la cocina, en el corredor exterior, hay que lavarse las manos en la pila y quitarse las botas. A partir de ahí entramos en zapatillas. Los gansos pueden contagiar enfermedades serias y hay que tener cuidado de no contaminar la cocina.

Irene prepara pasta, Greetje se hace una sopa y yo pongo en el horno las salchichas irlandesas (de cerdo y pan) para Charlotte y para mí. Charlotte arregla su cuarto mientras se cocinan. Greetje se emociona cuando ve en uno de los folletos que cogimos del punto de información turística que la casa donde se rodó Downtown Abbey está aquí al lado. Se emociona tanto que se le olvida que tiene la sopa al fuego y se acaba derramando sobre la cocina antigua. Nos tiramos un buen rato pensando cómo limpiar eso, que siempre está caliente, y al final Irene llama a Liz al hotel y Liz dice que no pasa nada, que luego lo limpia ella.

Charlamos Greetje y yo. Se prepara otra sopa (la chica de las sopas, la voy a llamar). Aviso a Charlotte para que baje de su cuarto porque las salchichas están listas, pero cuando se las sirvo me dice que le gustan mucho más tostadas, que es irlandesa y a los irlandeses les gusta la carne tostada. Las dejo en el horno más tiempo y le pregunto a Creetje qué parte de la Biblia estaba leyendo esta mañana. Estaba leyendo el capítulo del Antiguo Testamento en el que Job le grita a Dios. A ella le gusta más el Nuevo Testamento porque es donde Dios está entre la gente.

Preparamos la mesa del jardín para comer. Liz llega poco después y almorzamos plácidamente al sol. En la sobremesa, llega el frutero/pescadero.

Liz y Irene haciendo la compra y Greetje desenfocada

Por cierto, es el cumpleaños de Irene. Ella misma se ha acordado porque alguien le ha mandado un mensaje para felicitarla. Me retiro al salón porque estoy hasta los huevos de tomar el sol y llama al teléfono una muchacha que quiere hablar con Liz. Por lo que escucho, es otra trabajadora que viene la semana que viene. Creo que se llama Berta, no estoy seguro.

Me voy a echarme una siesta y, en cuanto me duermo, me despierto súbitamente recordando que Liz había puesto otro paquete de salchichas irlandesas en el horno. Bajo corriendo y ahí están, carbonizadas. A Liz se le va la cabeza lo más grande. Dejo las salchichas en la mesa y, cuando llega Charlotte, le digo que estas las he hecho como le gustan a ella, crujientes.

Salgo a trabajar en la cuadra, pero nada más llegar al lugar me reclaman para ir a hacerle unas fotos a la niña mientras salta con Squiggle en los campos que dan al río.

Charlotte saltando en Squiggle

Charlotte haciendo el tonto en Squiggle

A la noche, Irene y yo planeamos una caminata para el domingo: bordearemos el Loch Eck hasta el final y volveremos. Serán unas cinco horas. Liz me habla de un monumento a la Reina Victoria que hay en la propia granja, al final, en la colina más alta que está sobre la aldea de Glenbranter (la aldea donde Urszula encontró a Bonnie). Dice que desde el monumento se ve todo el lago. Si tenemos tiempo mañana, a lo mejor vamos. De cualquier modo, yo voy a empezar desde mañana a andar mi horilla y media o dos horas por el camino.

Hoy me ha preguntado Charlotte que cuánto tiempo voy a estar aquí y le he dicho que no lo sé, que no tengo planes. Ella ha dicho: "¡pues quédate!". Mañana le haré el vídeo de saltos para que esté contenta. E intentaré freír una berenjena para el almuerzo.

Urszula vive


Hoy he pensado bastante en ella y he llegado a la conclusión de que es una persona perdida; una vagabunda que va por ahí arrasando con quien se pone en su camino, chocando con él y marcándolo, haciéndole daño. Quizás sea su forma de dejar una huella en el mundo. O una defensa contra sus propios demonios. La noche en que nos dimos cariño estuvo llorando mientras me contaba su historia y me aseguraba que ella no quería ser la princesa del cuento, que es lo que yo le había dicho, sino simplemente una mujer importante para un hombre. Que solo quería una casa, una familia y sentirse amada y deseada. Aunque, en fin, Urszula cada día dice una cosa distinta. No merece la pena ni pensar en ello. Pero... estoy deseando que vuelva y ojalá que no se vaya para siempre. Es, ante todo, una persona superinteresante, y eso no se encuentra todos los días. Además, siempre he sentido simpatía y atracción por las personas problemáticas. Bueno, vale, y está buena.

jueves, 4 de abril de 2013

De compras en Dunoon y la nueva

Oigo mi nombre y me despierto. Salgo de mi habitación y veo a Irene asomada al hueco de la escalera; me pregunta que si estoy mejor (anoche me dolía un poco la cabeza) y que si voy con ellos a hacer la compra o me quedo en casa, a lo que respondo que sí y que ahora bajo.

Durante el desayuno, Charlotte y yo intercambiamos nuestros temas favoritos de Green Day reproduciéndolos por turnos en nuestros portátiles. Mientras tanto, Liz prepara la camioneta para ir a Dunoon, el pueblo donde me comí el puto chili con carne, a hacer la compra. Salimos al mediodía.

Vamos a Dunoon bordeando el Loch Eck. Las vistas son alucinantes, pero lo serán más al atardecer como ya pude disfrutar el día que llegué, hace justo una semana. Por el camino vemos un restaurante precioso a la orilla del lago donde, dice Liz, vendremos a comer un día de estos. Llegamos a Dunoon.

Liz aparca la camioneta en los aparcamientos del hospital, a las afueras del pueblo. Desde allí, nos separamos. El plan es que Irene y yo vayamos de compras a la ferretería, luego nos demos una vuelta y nos encontremos todos en la cafetería Seasons de la Iglesia Bautista, una cafetería que está junto a la propia iglesia y que pertenece a ella, pero donde todo el mundo es bienvenido y donde la comida, al parecer, es excelente. Mientras Irene y yo estamos por el pueblo, Liz y Charlotte tienen que ir al colegio al que la niña quiere cambiarse para estudiar más cerca de su madre, ya que hasta antes de las vacaciones estaba internada en Inglaterra y está cansada de lo falsa y lo asquerosa que es la gente allí (en la escuela). Luego, Liz tiene que llevar la camioneta al taller y, después de reunirnos en Seasons, haremos la compra en un supermercado.

En la ferretería, Irene y yo compramos lo que necesitamos para las reparaciones de la casa y las herramientas que faltan en el taller de la granja. A continuación nos pasamos por una tienda de gasolinera donde nos compramos un refresco y ella compra un paquete de tabaco. Me tiene que dejar el dinero porque me he dejado la cartera en casa, como siempre.

Damos un paseo por la calle central de Dunoon, vamos a la farmacia y vemos las tiendas. Llegamos a los muelles. Pasados los muelles hay una pequeña playa y un paseo marítimo donde nos sentamos a fumarnos un cigarro tranquilamente. Más tarde subimos a la colina del castillo en ruinas para echar unas fotos desde allí.

Los muelles de Dunoon.

Una de las cinco o seis iglesias de Dunoon. Esta es la del cementerio del XIX.

Yo, yo mismo...

...y Irene.

Cuando queda una hora para encontrarnos, buscamos la cafetería Seasons y encontramos de camino el punto de información turística, donde compramos algunas postales y el encargado nos explica un montón de cosas sobre cómo moverse por la zona y a dónde merece la pena ir.

Llegamos a la cafetería Seasons. Liz y Charlotte ya nos esperan. Liz nos dice que pidamos lo que queramos para almorzar, que no nos preocupemos por el precio porque le da igual. Yo me pido un bocadillo de pollo con frutos del bosque y salsa amarilla, curry o algo parecido; no sé exactamente qué es, pero es absolutamente flipante el sabor que tiene. Tengo que volver para comerme otro. Viva la Iglesia Bautista de Dunoon. También me pido un refresco raro, por probarlo, que está asqueroso. Y después de un rato de charla, Liz nos da el trozo de tarta que ha pedido porque ya no tiene ganas. Es tarta de canela y está deliciosa, y eso que a mí no me gusta mucho la canela. En fin, un lugar muy recomendable para comer en el pueblo. Eso sí, ahora me están sonando las tripas más que cuando me comí el chili con carne. A saber qué llevaba la salsa amarilla.

Liz se lleva a Irene al taller para que le explique al mecánico lo que le pasa a la camioneta y Charlotte y yo nos quedamos en la cafetería hablando de nombres españoles. Le cuento cosillas de la Odisea a raíz de explicarle lo que significa el nombre Helena, que es el nombre de su amiga española, y de que recordase al personaje de la película de Troya. En fin, una conversación con una niña de quince años que es bastante más madura que muchas mujeres de treinta. Me pide que le enseñe español, por cierto. Y me cuenta, como si fuera un secreto, que en realidad tiene tres nombres: se llama Charlotte Sophia Anne.

Cuando Liz y Irene regresan, vamos al supermercado Morrisons, bastante grande, y estamos un par de horas comprando. Le comento a Liz que los tomates son de mi ciudad, de Almería, y compramos una berenjena porque nunca la ha probado ni sabe cómo se hace (la freiré). Al final de la compra, el carro está que revienta. No he visto una compra así jamás. Liz va sin nota, echando todo lo que le llama la atención. A lo burro. ¿Un zumo? No, ocho zumos. ¿Una mermelada? Los cojones una, dos de cada sabor. Todo el rato me dice que coja todo lo que me guste, pero yo no cojo nada. Bueno, sí: un batido de chocolate blanco. Ah, y la compota esa rara de limón.

De camino a casa, paramos a recoger a la nueva. Es una alemana que se llama Grachel o algo así. Rubia, guapísima, con un inglés de haber estudiado en Inglaterra. Se nota que es de familia pudiente. Y, aunque es muy simpática, no llega a convencerme del todo. No sé, le veo algo raro. Ya veremos. Quizás solo sean prejuicios.

El Loch Eck al atardecer, con el cielo rosa y las montañas del fondo, es lo más maravilloso del mundo. El agua es un espejo perfecto y hay islotes con árboles reflejados que te dejan sin aliento. En serio, no he visto nada así en mi vida. Como Irene vino cuando estaba nevando, es la primera vez que lo ve y se tira todo el camino alucinando en colores.

Foto de Irene, durante el camino a casa.

Al llegar, cocinamos las pizzas que hemos comprado y charlamos un rato. Pruebo el batido de chocolate blanco... me dan escalofríos de acordarme, ¡está buenísimo! La alemana se va a dormir pronto y Liz nos pide que si algo no va bien con ella se lo digamos el lunes, porque la chica es de una iglesia cristiana, la que la ha enviado a trabajar fuera, y a veces este tipo de personas quieren imponer sus creencias y molestan a los demás. También habla un poco de Urszula y su forma de hacer las cosas; dice que es fantástica, pero que tiene serios problemas y por donde pasa la va liando. Pues sí.

Cuando Liz se acuesta, nos vamos Irene y yo a sacar la basura y nos fumamos un cigarro viendo las estrellas. Aquí se ven tantas estrellas que cuesta discernir las constelaciones. Le cuento cómo encontrar la estrella del Norte y, tras tomarnos un té, ella se acuesta y yo empiezo a escribir: "Oigo mi nombre y...".

miércoles, 3 de abril de 2013

Día raro, día de mierda

El día comienza con Irene y yo preparándonos el desayuno en el salón. Entran en escena Liz y Urszula, van a la cocina y empiezan a discutir sobre algo. Charlotte baja y, seguramente porque está distraída y no se da cuenta de que su madre está discutiendo, toca unas notas en el piano que hay en el recibidor de la casa, que está conectado con la cocina. Urszula le da una palmadita en el hombro y le dice que no es momento para ponerse a tocar el piano, que si no ve lo que está pasando, y Charlotte se viene al salón con nosotros. La discusión se acalora y empiezan a echarse cosas en cara; Liz llega a decir que los antiguos trabajadores estaban de puta madre hasta que ella llegó y que no trate así a la niña porque es muy insegura y susceptible y esas cosas le afectan y bla, bla, bla. Charlotte rompe a llorar delante de Irene y de mí y se va a su cuarto. Oigo que, definitivamente, Urszula se va a ir de la casa. Le digo a Irene que coja su té y nos vayamos a la parte de adentro (la casa está dividida en secciones), que no nos quedemos ahí pegando la oreja. Eso hacemos.

Al rato, Irene se mete en su cuarto y yo me quedo en el pasillo de la sección interior de la casa. Charlotte baja de su cuarto sonriendo. Le pregunto que si todo está bien y me dice que sí. Salimos al salón. Han dejado de discutir, pero Urszula está muy enfadada y se va a su cuarto.

El día transcurre así: yo hago mis cosas en el ordenador, monto una impresora, hago la lista de la compra y demás; Irene trabaja fuera, Charlotte está con los caballos, Liz está limpiando y Urszula está recogiendo todo lo suyo del cuarto para meterlo en el trastero de al lado (básicamente lleva una casa a cuestas, sin exagerar; se lo llevó todo cuando rompió con el novio y lo tiene ahí metido). Tiene que despejar su cuarto porque va a venir, creo que este fin de semana, otra chica a la casa. Ella se va una semana a ver a su hermana y luego, se supone, vuelve.

Liz cocina pasta con tres salsas distintas mientras Irene y yo montamos las mesas y sillas del jardín, ya que hoy ha empezado el buen tiempo. En el jardín, todos juntos, tenemos una última comida agradable.

Quiero recordar este momento

La salsa de queso azul con cebolla roja está tremenda, por cierto. Y después de comer seguimos montando las mesas para la barbacoa que haremos el sábado con Nikky y sus trabajadores (o algo así) y ayudamos a Urszula a dejar el jardín más o menos despejado antes de irse. A mí me pide que limpie un rincón invadido por la vegetación. Con la pala, arranco raíces y tierra y lo cargo todo en un carro. La salida trasera del jardín de la granja (la puerta que se ve detrás de la jefa en la foto) está siempre cerrada y bloqueada con un palo; por ahí se saca el carro para amontonar la tierra y las plantas detrás de la casa, lo que es la entrada principal de la granja, donde se haría el jardín nuevo. Hay que salir con mucho cuidado porque la perra de Urszula, Bonnie, está siempre deseando escaparse. Parece ser que echa a correr y luego no se acuerda de dónde vive.

La situación de Bonnie


Estoy sacando un carro, con todo el cuidado del mundo, cuando veo a Bonnie en el exterior. Al principio pienso que ha sido culpa mía, que sin darme cuenta la he dejado salir, así que corro con todas mis fuerzas hacia ella. La perra se aleja, toma el camino en dirección a la aldea del Loch Eck a la que fui andando hace dos días y echa a correr como un demonio hasta que la pierdo de vista. Ahora mismo creo que la he cagado pero bien cagada.

Vuelvo al jardín de la casa para avisar a Urszula y veo que, en la puerta principal del jardín, la tela metálica que ponemos para que Bonnie no salga está a un lado. Se ha escapado por ahí, no por mi puerta. En ese sentido, respiro tranquilo, pero cuando Urszula sale corriendo casi llorando no puedo sino seguirla. Baja al cruce gritando. Le digo que coja la bicicleta y vaya hacia la derecha, que es hacia donde la he visto correr. Mientras va a por la bici, yo echo a andar hacia la aldea. Al momento me pasa de largo y me da las gracias. Desaparece.

Yo continúo andando por si la perra se da la vuelta o por si se ha salido del camino y está jugando por alguna de las parcelas. Cuando ya queda poco para que llegue a la aldea, Urszula vuelve sonriendo. Me dice, aliviada, que la perra está en la aldea y que va a por la correa para llevarla a la granja. Yo continúo y veo que una familia tiene a la perra en un jardín esperando a que la recoja Urszula.

Estando allí, me encuentro con Colin, un muchacho de la aldea que es autista y que el otro día nos hizo una visita en la granja. Me resulta muy complicado entender lo que dice, pero más o menos lo pillo. Hablamos un rato hasta que llega Urszula y se lleva a Bonnie.

Durante el camino de vuelta, Urszula, bastante alterada, asegura que Liz ha dejado salir a la perra a propósito para que se pierda por la zona y ella no se pueda ir. Le digo que no tiene ninguna prueba y que en ese momento Liz estaba dentro de la casa y, de ser culpa de alguien, sería de Charlotte o de Irene que eran quienes estaban cruzando esa puerta continuamente; sin embargo, Urszula está plenamente convencida.

Ahora me cuenta todas las cosas que han pasado en la casa antes de que yo llegase. Según ella, Liz está mal de la cabeza y puede llegar a liarla parda si algo la irrita. Yo todo esto ya lo sé, sé que es una persona muy religiosa y que se escandaliza con poco, y sé que es una neurótica, pero a mí no me importa. Estoy viviendo en su casa y tengo que adaptarme a como es ella para no molestarla. No me cuesta nada, es una cuestión de educación y de respeto. ¿Que está mal de la cabeza? Bueno, todos lo estamos. Sabiendo cómo llevar a la persona no tiene por qué haber problemas. Todo esto que me cuenta sobre los antiguos trabajadores, el chico y la chica que se enamoraron, y el modo retorcido en que Liz metió mano en el asunto, no me sorprende en absoluto. Una persona inestable por problemas mentales puede ser muy retorcida, alejada por momentos de la realidad, conspiranoica, pero también puede ser una bellísima persona si no sacas ese otro lado de ella. Todo es saber tratarla. Así que, en caso de que Liz estuviera realmente loca, lo único que haría sería seguir como hasta ahora y adaptarme a ella. No sería la primera vez. 

Pero Urszula se va a ir. Y, bueno, tampoco puedo confiar en su palabra a estas alturas. A mí me parece, y ya me lo parecía antes, que todo el tonteo conmigo no tiene otro fin que vengarse de algo que le ha hecho Liz. Quizás se propusiera quebrantar la integridad del único con quien Liz está realmente satisfecha, calentarme los huevos hasta que hiciera algo que no debiera o simplemente desconcentrarme. O es aún más cruel y solo quiere hacerme daño. O a lo mejor yo tampoco ando muy bien de lo mío y son solo paranoias, pero después de la caminata sin ni siquiera rozarme una mano queda poco margen para pensar que quiere algo conmigo. Supongo que el juego se ha acabado o solo llegaba hasta aquí, en cuyo caso me cago en to' su puta madre.

Nuevas reglas


En la casa, encuentro a Liz muy agradable, cocinando, muy contenta de que hayamos encontrado a Bonnie. Como Charlotte no está haciendo nada, le propongo echarle un vistazo a sus vídeos de monta para seleccionar las secuencias que más le gusten y la música que quiere de fondo. Hago un montaje preliminar a su lado y lo reproducimos varias veces con varias músicas de fondo para ver cuál le pega más. Son canciones pop, lo que escuchan las quinceañeras, y no le pegan una mierda al vídeo, pero es su vídeo y tiene que hacerla feliz a ella.

Después de cenar (para los carnívoros: ternera con pan de patata, típico escocés), estamos un ratillo en el salón. Charlotte se va a la cama; luego Irene. Cuando Urszula se va a dormir porque mañana sale a las 7:30 a ver a su hermana, estoy un ratillo con Liz, que está planchando ropa, y también me acuesto.

Muy tarde, mientras escribo, Urszula me dice por el facebook que siente mucho haber estado tan paranoica y haber pensado que Liz había dejado a la perra suelta, que ya han aclarado las cosas. Que se está volviendo loca ella. Que lamenta no haber encontrado el momento para nosotros con todo lo que le ha pasado y que no me preocupe, que la historia no termina aquí. Que vuelve en una semana. Que subiría ahora a mi cuarto, pero sabe que me causaría problemas gordísimos con Liz y yo estoy bien aquí. Que esto, que lo otro y que lo de más allá.

Yo ya no me creo una palabra y, además, me sorprende que aún continúe con el juego. Por eso, se me ocurre que yo también voy a jugar y, en vez de aparentar ser tan cauteloso (que lo soy y lo seguiré siendo de todas formas), voy a decirle lo mucho que la deseo y que estoy desesperado por que llegue la semana que viene para que regrese y encontremos el momento. Y le digo también que no puedo evitar sentir algo más por ella y muchas otras cosas, y le hago promesas, y le digo lo especial que es y lo mucho que voy a sufrir mientras está fuera, y que se venga conmigo a España. Y ella me dice que no haga eso por ella porque yo quiero mi aventura escocesa, y yo le digo que la aventura es ella, y que también podemos buscar otro lugar adonde ir los dos, y que piense sobre esto la semana que va a estar fuera y que la quiero. Y ella dice que  tiene mucho miedo de una nueva relación pero que a mí es muy fácil quererme y que pensará sobre esto, y yo le digo que buenas noches y que buen viaje, y ella me dice que ojalá pudiera venir a mi cuarto para abrazarnos, y yo le digo que buenas noches  y que buen viaje otra vez.

martes, 2 de abril de 2013

El calentador y la calienta...

Bajo al salón, recién levantado, y encuentro a Urszula y a Irene desayunando. Urszula dice que se va a dar un baño y pregunta que si alguien se va a bañar más tarde por si deja el calentador encendido. Digo que yo me bañaré. Dice que luego me enseñará dónde está la casita de campo de Liz, en los campos junto al río. Cuando estamos solos, susurra que nadie va nunca a la casita, pero que seguro que cuando estemos allí viene todo el mundo.

Liz se ha quedado en casa porque no se encuentra bien, así que el supuesto plan se tuerce desde el primer momento. A Urszula se la llevan a trabajar con los caballos y a que Charlotte le dé unas clases de monta. Pasa prácticamente todo el día fuera. En cuanto a mí, Liz me trae decenas y decenas de trastos viejos para que compruebe si funcionan. Son teléfonos, reproductores de CD y DVD y cosas por el estilo; también hay un montón de linternas que no encienden y de las que consigo sacar, uniendo piezas de las demás, una que funciona perfectamente y varias bombillas de repuesto. Liz me da una tele LCD para mi cuarto.

Durante el almuerzo, Charlotte se sienta a mi lado para explicarme algunas cosas sobre cómo montar mientras vemos unos vídeos de jinetes. Me habla de músculos, monturas y un montón de movidas hasta que acabo más perdido que otra cosa. Liz le dice que pare el carro, que me va a volver loco, que me hable más despacio y sin tanto vocabulario técnico. Me advierte de que la niña se emociona y me recomienda que la interrumpa cuando se le vaya la pinza.

Charlotte me enseña unos vídeos en los que hace ejercicios con el caballo que tiene en la escuela de jinetes a la que va, en Inglaterra (donde también estudia las demás asignaturas). Liz me pregunta que si yo podría editar esos vídeos, que están grabados con el culo y montados con los pies, y les digo que mañana mismo lo haré después de instalar el software que necesito (que lo tengo en el disco duro portátil). Se alegran mucho.

Tomando un té con Liz, me comenta las ideas que tiene para la página web y la granja y me dice que tanto Charlotte como ella están encantadas conmigo y les gustaría que me quedase, en cuyo caso me contrataría una vez que el negocio estuviese funcionando. No solo quiere hacer negocios de caballos, sino también cultivar para vender en el mercado de Glasgow un día a la semana, hacer la granja-escuela y muchas más cosas. Aparte, quiere seguir recibiendo voluntarios para el trabajo y me pide que yo sea el organizador, que les diga lo que tienen que hacer cada día y me ocupe de enseñarles y demás. A mí me parece perfecto. No tengo otros planes. Si soy feliz aquí, me quedaré aquí.

Ya por la tarde nos reunimos en el salón mientras Liz prepara pasta para la cena. No falta el whisky. La pasta de Liz, con pimientos, ajo y queso, está tremendamente buena. Una de las mejores pastas que he probado en mi vida. Disfruto como un puerco.

Me piden que ponga otro disco de Oldfield y, mientras estamos de charla, escuchando música y jugando a las cartas, Urszula me escribe por el facebook que está jodida porque el plan de su cumpleaños no ha podido salir adelante.

Está anocheciendo cuando Urszula y yo salimos a cambiar una bombilla en el exterior de la granja. Urszula me alumbra con la linterna. Al primer tirón, me llevo el cristal en la mano y el resto, la rosca, se queda dentro. Trato de retirarla (con unos guantes aislantes) y hay una pequeña explosión que nos pega un buen susto. Luego comprobamos que la luz de la cocina, la del baño y la del cuarto de Urszula no se encienden. Han saltado los plomos.

Como la instalación eléctrica tiene más años que el sol, Liz tiene que llamar al electricista. Solo hay un electricista en toda la zona y es el hombre que ganó la botella de whisky en el baile. Es un tío superagradable que, por lo visto, está casado con la tía más hija de puta de Escocia, la de la granja vecina, que odia a todo el mundo y con la que Liz ha tenido más de un encontronazo. Se llama Margara o algo así. El marido tuvo que instalar un teléfono distinto al de la casa en su taller porque la mujer era una borde con los clientes que llamaban y los espantaba. En el pueblo y alrededores nadie entiende cómo ese hombre está con esa mujer.

El electricista, Alister, hace su trabajo y se niega a cobrar por él a Liz. Cuando se va, nos quedamos echando la noche hasta que todos se acuestan menos, sorpresa, Urszula y yo. Urszula pone una vela en una galleta y pide un deseo; luego nos comemos la galleta. Tristísimo. Un ratillo después, tras una charla intrascendente sobre cómo son los polacos y los españoles, Urszula dice que tiene mucho sueño y se retira. Nada más salir, vuelve a entrar al salón, se acerca a mí y me da un beso. Y, ahora sí, se va. Y ya está.

Visita nocturna


Estoy acostado, escribiendo el diario anterior, cuando recibo una visita inesperada: una maldita araña, asquerosa, enorme, encima de mi cama, haciendo cosas de araña. Espero como una hora en la otra punta hasta que se va a un rincón y se mete por una grieta. Tengo que acostumbrarme a estas cosas si quiero vivir en el campo, pero, simplemente, no puedo dormir si la estoy viendo. De noche saldrá, bajará y hará sus cosas de araña sobre mi puta cara, pero no puedo hacer nada contra eso. Aprovecho que no la veo y me duermo resignado.