Nos levantamos tempranísimo para despedirnos de Charlotte y de Greetje, quien vuelve a Dunoon porque Liz no se puede hacer cargo de ella (y tampoco lo necesita, ya que tiene un piso pagado por su iglesia en el pueblo). Liz me pregunta cuando me la encuentro que si he tenido problemas para dormir esta noche; le digo que no y me comenta que se oían ruidos en mi habitación, algún porrazo y pasos, lo cual me acojona bastante, pero me acojonará más mañana. Cuando se van, me quedo en el salón desayunando y hablando con Berta. A media mañana salgo a trabajar desmontando lo que queda de las carpas y guardándolo todo en sus cajas.
Irene está muy nerviosa. Sale a echarse un cigarro y se fuma tres seguidos, y eso que es un tabaco marroquí fortísimo que ha traído Berta de Francia. Dice que no quiere hablar. Duda de si nosotros le estamos gastando una broma y no quiere que hablemos cerca de los teléfonos móviles porque nos pueden escuchar incluso teniéndolos apagados. Con cuentagotas, le saco que la han llamado al móvil preguntando que si "mamá estaba ya en casa", pero que estaba segura de que no era Charlotte. Y un rato más tarde han vuelto a llamar, esta vez a casa, preguntando lo mismo y diciendo que ya había llegado. Berta se empieza a asustar porque no entiende por qué Irene está tan nerviosa, y ella no suelta prenda. Yo pienso en estos momentos, y se lo digo a ellas, que a lo mejor Urszula está viniendo y se ha hecho pasar por Charlotte para asegurarse de que Liz no está en casa; esto lo pienso por el modo en que Irene asegura que la del teléfono no era Charlotte y lo asustada que se la ve. Y justo le pregunto a Irene que si cree que Urszula vendrá hoy cuando aparece una furgoneta de mudanzas de la que se bajan Urszula y dos tíos. Ella saluda a Irene, me mira e inclina la cabeza y entra a recoger todas sus cosas. Yo sigo trabajando.
Los pavos empiezan a sacar movidas de Urszula y a cargarlas en la furgo. Despejo el patio de hierros y de cajas porque seguramente lloverá pronto. Urszula está a punto de irse y ni siquiera le ha dicho nada a nadie. Ni un mensaje por el facebook. Viene, inclina la cabeza y dentro de un rato se irá.
Berta sale muy preocupada porque no entiende qué está pasando; le digo que no se preocupe, que Urszula ha venido a por sus cosas y ya está, que vuelva adentro. Luego viene Irene y me pregunta que qué se supone que tiene que hacer, y yo le digo que nada. Yo no intuyo ningún peligro; solo es Urszula llevándose sus cosas. Pero de pronto necesito subir al bosque y ver la escena desde la distancia. No quiero tenerla cerca nunca más.
Subo la media montaña hasta la linde del bosque. No hago más que entrar y tomar el sendero habitual cuando veo un grupo de ciervos. Durante todo el trayecto a partir de ahora veo ciervos a montones. Me cruzo con siete u ocho grupos. Camino hasta el primer arroyo y me siento a mirar la mudanza desde lo alto de la montaña. Desde aquí, Urszula solo es una mierdecilla negra que entra y sale de la casa. Ni siquiera parece tan puta de lejos. Resulta difícil sentir algo por ella.
Sé que cuando no siento nada es porque me desbordan unos sentimientos que no puedo poner en orden, y lo mejor es evacuarlos rápidamente. No se me ocurre mejor manera que echar a andar escuchando música. Ando y ando, y sigo andando, y tomo el camino que sube hasta casi la cima de la montaña. Me cruzo con más y más ciervos y paso por lugares preciosos. Pienso por un momento que qué pena no haber traído una cámara, pero en seguida me viene a la cabeza la idea de que cuando uno va sin cámara es cuando ve las cosas más hermosas. Y esas son las cosas que se recuerdan primero, pues en cuanto le sacas una foto a algo tu memoria ya no se esfuerza en recordarlo. Pensando en esto se me cruza a pocos metros un gran ciervo macho. Se queda parado en medio del camino, mirándome, hasta que se aburre y se va dando brincos montaña abajo.
Después de una hora andando llego al punto en el que el camino baja de nuevo, pero por el otro lado de la montaña. Me paro un poco a descansar y doy media vuelta. En cuanto empiezo a andar sobre mis pasos se pone a llover con suavidad. He hecho bien en darme la vuelta ahí. Espero que no diluvie, porque no he traído ni el chaquetón.
Desde la primera bifurcación que encuentras subiendo se ve la granja. Compruebo que la furgoneta ya se ha ido. No volveré a ver a Urszula. Estoy más tranquilo. Comienzo a descender por el camino que pasa por casa de Alister y, cuando llego abajo, veo a dos personas que parecen discutir en el camino. Una de ellas lleva una bicicleta, la otra una mochila enorme y las dos visten chalecos reflectantes. Están lejos, así que no les presto mucha atención y sigo hacia la granja, pero a los pocos pasos oigo un grito a mis espaldas y cuando me doy la vuelta veo a Irene corriendo hacia mí. La pareja de los chalecos son Irene y Berta.
Irene me dice que Berta ha escapado porque la situación se ha puesto muy complicada y tenía miedo. Según dice, Berta ha dicho que los acompañantes de Urszula han puesto explosivos en la casa. Decido hablar en español con Berta para explicarle que Irene está comportándose de manera muy extraña hoy, que parece que tiene paranoia y la convenzo para que vuelva a la casa. No puede dejar así a Liz, sin saber ni por qué se va. Irene comenta que tiene una llamada a Suiza hecha desde su móvil y que no sabe quién ha llamado, que al llamar ella al mismo número se ha puesto una desconocida, y que seguramente Urszula le ha quitado el móvil un rato para manipularla de algún modo.
En casa me entero de que Irene ha sido quien le ha dicho a Berta que haga las maletas y se vaya. Ella también se había ido, con mi portátil en la mochila, para buscarme por los caminos por los que suelo andar y avisarme para que también me escapara. Pero en cuanto me ve, Irene parece cambiar de opinión y piensa que lo mejor es volver a la granja. Me pregunta varias veces que si estoy seguro de que no estamos en peligro, y yo le respondo que sí estoy seguro. Dice que me cree.
Liz está destrozada. No entiende cómo hemos dejado que unos extraños entren en su casa para llevarse cosas. Tendríamos que haber llamado a la policía, según ella. Se alegra de que las haya traído de vuelta y más tarde reconoce que también se alegra de no haber estado presente cuando Urszula ha venido.
Pero Irene está fatal. Dice que vio a uno de los secuaces de Urszula entrando en el baño, y piensa que ha puesto algo ahí para matarnos. Dice que el agua que bebemos está envenenada, que la valla que han roto los caballos solo la ha podido romper una persona deliberadamente, que hay alguien que intenta sabotear la granja y nos quiere hacer daño, que Urszula va a volver y le va a hacer algo. Se acuesta mareada y al rato vuelve al salón, donde Liz y yo estamos hablando; le noto algo raro en los ojos, como si las cuencas las tuviera más oscuras, como si tuviera de pronto diez años más, no sé. Sale diciendo que alguien puso explosivos en la camioneta y rompió una pieza (la que fueron a arreglar al taller en Dunoon), que eso no pudo ser un accidente. Que estamos en peligro. Y se vuelve a acostar nerviosa.
Liz cree que alguien del pueblo puede estar tratando de hacer su vida imposible para que venda la granja, porque hay muchos intereses en estas tierras. Cuenta que a veces, cuando su madre estaba fregando los platos, alguien golpeaba la ventana de noche para asustarla. Y que de vez en cuando le ha parecido que hay alguien rondando cuando estaba de noche dándole de comer a los caballos. En esas situaciones ella se ha puesto a recitar encantamientos en gaélico para acojonar a quien andase alrededor. En fin.
Al día siguiente, me levanto a las 6, justo cuando se levanta Liz. Está crispada, en modo neurótico. Me echa en cara que dejásemos entrar a unos desconocidos en su casa, le parece que estamos todos de parte de Urszula y en su contra. Llora. Yo mantengo la calma y la voy convenciendo de que estoy de su parte. Al final le cuento todo lo de Urszula. Ella lo entiende y, al rato, se le pasa la crisis y me da un abrazo.
Subimos a arreglar las tuberías del río porque, otra vez, no tenemos agua. El río ha crecido una barbaridad y hay casi que meterse en él para manipular el sistema. En una maniobra, me caigo al agua de espaldas. Por suerte, tengo una rama cerca y me logro agarrar y salir antes de que la corriente me lleve colina abajo. Solo me he mojado una pierna. Llevo puesto un impermeable buenísimo.
Después de arreglar el agua, Liz y yo nos damos un paseo por la granja. Han salido corrientes de agua nuevas por todas partes. También vemos que las ranas han puesto cientos de huevos en el estanque de la colina. Me dice que en verano todo esto estará lleno de ranas y de libélulas. Nos acercamos a las tumbas de sus padres. Se pasa casi todas las mañanas a saludarlos, dice. Me cuenta historias sobre ellos de camino a la casa.
En cuanto entramos al salón, Irene y Berta, que están hablando ahí, se salen a fumarse un cigarro. Liz se crispa de nuevo porque cree que Irene se ha ido porque la quiere evitar. Cuando regresan, les da un día para pensarse si quieren estar aquí y trabajar duro (hace dos o tres días que Irene no está haciendo casi nada). Les ofrece salir a dar un paseo o ir a algún pueblo cercano, echar el día por ahí, conversar sobre el asunto y decidir si se sigue aquí o no. Me pide que las acompañe para ayudarlas en su decisión. Dice que necesita estar sola porque está al límite de sus fuerzas y tiene que distraerse limpiando la casa y, cuando todo esté ordenado, dormir un rato. Quedamos en que volveremos a las 8 y ella ya habrá preparado la cena.
Propongo ir a las cataratas otra vez, ya que con lo que ha llovido tiene que ser un espectáculo. Nada más empezar a caminar, Irene se marea y se tumba en la hierba. Dice que siente que alguien está tirando de ella hacia atrás, como si alguien no quisiera que fuera a las cataratas. De pronto pesa mucho más. No se encuentra bien. La convenzo para seguir. Como siempre digo: luego me arrepentiré.
Cuando se recupera, seguimos. Empieza a decir algunas cosas raras, pero no llega a terminar las frases y no me hago una idea de lo que quiere decir realmente. Me pide opinión sobre cosas que no ha dicho del todo. La insto a hablar claro y, cuando estamos ya en el sendero hacia las cataratas, lo hace: me dice que el gobierno está manipulándola para quitarle la sangre, y que Liz es del gobierno y es una bruja, que ahora está haciendo brujería en la casa y por eso nos ha echado, que nos escuchan por los teléfonos móviles aunque estén apagados, que le ha dicho a Liz que su madre intenta ayudarla a través de ella (es decir, que Irene está poseída por la madre de Liz) y Liz se ha asustado (no te jode).
El resto del camino trato de hacerla volver a la tierra como le prometí esta mañana (me pidió que si decía alguna locura le dijera la verdad). En un momento dado, nos cruzamos con una familia que está dando un paseo; ella asegura que son espías, que la han encontrado, y los evita. Luego empieza a preguntarme que quién soy yo; primero dice que soy un sacerdote y luego que un demonio, y que la estoy manipulando para que el gobierno le quite la sangre.
Cuando paramos a almorzar, ya en la catarata, ella está bastante mejor. Un rato después, dos hombres llegan paseando con dos perros. Irene se pone nerviosa, seguimos andando y de pronto quiere tomar un caminillo que sale del sendero y se adentra en el bosque. Vamos por ahí hasta que llegamos a una pista de tierra para vehículos. Me pregunta que si es por la derecha o por la izquierda, y yo le digo que por la derecha se llega a la granja pero que son muchísimos kilómetros; que por la izquierda se va al Loch Eck pero está lejísimos también; y que para seguir hay que volver por el caminillo hasta el sendero de la cascada. En cuanto comenzamos a deshacer el camino, ella dice que va a mear, que nos adelantamos un poco. Berta y yo vamos al otro extremo del caminillo, casi en el sendero de la cascada, y cantamos Hey Jude un rato hasta que me doy cuenta de que ha pasado demasiado tiempo para una meada. Vuelvo atrás y Irene no está. Ha desaparecido.
Le digo a Berta que se quede donde la vimos por última vez por si volviese mientras yo voy por la pista que le dije que iba a la granja, pero se empeña en ir ella. Le digo que ande rápido durante 15 minutos en dirección a la granja y que vuelva inmediatamente si no la ve. Me quedo esperando y examinando el terreno en busca de huellas, sin éxito. Hay una pequeña ciénaga y algunos troncos caídos cubiertos de matorrales; imagino que se ha colado por algún sitio. Imagino que si se ha hundido en el fango o se ha caído por un pozo, ya hace rato que está muerta. Imagino también que se ha adentrado en el bosque, con lo peligroso que es. O que se ha tirado por la garganta de la cascada huyendo de algún demonio.
Berta no la encuentra. Está muy nerviosa, a punto de llorar; le digo que se relaje. Me pregunta que cómo puedo estar tan tranquilo y le digo que si no lo estuviera no podría pensar con claridad. Bajamos toda la ruta de vuelta hasta la aldea de Glenbranter, donde hay unas oficinas de los forestales. Cuando llegamos, están cerradas. Camino por el pueblo en busca de alguien a quien preguntar y veo a través de una cortina que una mujer nos está mirando desde su salón; le hago una señal para que salga y la veo corriendo por su casa. Sale y pregunta que qué nos pasa, le cuento la situación y entra a llamar al marido. La mujer se calza unas botas y sube a recorrer todo el camino en busca de Irene. El marido llama a una vecina que tiene un 4x4 y, mientras viene, nos acompaña a un punto desde el que se ven los dos caminos que vuelven del bosque, por si vemos a Irene bajar. La mujer vuelve una hora después sin noticias. La vecina y ella suben en el 4x4 a recorrer la pista donde la vimos por última vez. Alguien ya ha llamado a la policía, pero la comisaría más cercana está en Dunoon, a 20 km de carretera sinuosa, y tenemos que esperar. En este rato muerto es cuando me da un pequeño ataque de nervios y me pongo a llorar. Vuelvo a imaginar que se ha tirado por algún sitio porque tenía miedo de mí o porque le he dicho algo que no debiera.
Un guarda forestal llega a la oficina, nos invita a entrar y nos prepara un café. Le señalo en un mapa el punto exacto donde la vimos por última vez y hacia dónde creo que ha ido. El policía llega al rato y me hace un montón de preguntas; luego sube con dos guardas más que han llegado a recorrer las pistas con varios todoterrenos. Llama a un helicóptero.
Es casi de noche cuando vemos el helicóptero barriendo la zona. Entonces me da otro pequeño ataque, como si hubiera ascendido a otro nivel de consciencia de lo que está pasando a mi alrededor al ver el helicóptero sobrevolándonos. Viene más policía, me hacen más preguntas. Hablo por teléfono con Liz, a quien ya han avisado los vecinos, y entre sollozos me dice que no ha sido culpa mía, que ni se me pase por la cabeza.
Y, de pronto, la encuentran. La encuentran andando por el camino en dirección a la granja, tan tranquila. Diciendo que ha ido a dar un paseo.
La policía nos lleva a casa. Les digo que estamos asustados, aunque contentos de que esté de vuelta, y que no podemos volver a pasar la noche allí con ella, sin más. Que es peligrosa. Me responden que ya pensarán en algo. Una polla. Interrogan a Irene; Liz les cuenta absolutamente todo lo que ha pasado en la granja en los últimos días. Irene ahora parece más o menos normal. Nosotros intentamos convencer a los polis de que hagan algo con ella, de que la lleven a un hospital, pero ellos dicen que solo pueden llevársela si ella da su consentimiento. Un poli me pregunta delante de Irene que si tengo miedo de ella y yo respondo que no tengo miedo de ella, que tengo miedo de que se haga algo ella. Al final, la policía se va y nos deja a Irene en casa. Nos dicen que nos tomemos un té y nos acostemos como si no hubiera pasado nada.
Liz no puede evitar irse a dormir, está al borde del colapso. Berta y yo nos quedamos en el salón toda la noche. Irene se acuesta 20 segundos, se le ocurre alguna idea extraña y vuelve a comentárnosla, y así durante horas. Después de muchas vueltas en una conversación descabellada en la que intento traerla de vuelta a la tierra, la convenzo de que tiene que confiar en los médicos para saber qué tiene, ya que de otro modo no puede luchar contra ello. Le digo que hoy en día se puede tratar lo que creo que tiene, que si se toma las pastillas estará bien. Se nota que es muy inteligente y que incluso estando inmersa en la fantasía hay algo que le dice que tengo razón, que se lo está imaginando todo. Gracias a Dios, acaba diciendo que irá al hospital. Está preocupada porque llenó su botella con agua de la montaña y tenía huevos de rana y renacuajos y se la bebió. También nos enseña el portátil lleno de tierra; se adentró en el bosque, enterró su portátil porque la podían capturar a través de él, y más tarde volvió al bosque y lo desenterró porque tuvo un momento de lucidez.
De madrugada se levanta Liz y empieza a llamar a los servicios de urgencias. Hace cuatro o cinco llamadas larguísimas, en las que le pasa el teléfono a Irene para que comente lo que le ocurre a las enfermeras. Esta, al principio, vuelve a decir que no le pasa nada, pero poco a poco va diciendo la verdad y reconociendo que ha perdido el juicio. Sin embargo, después de mucho intentarlo, Liz no consigue que manden a un médico o una ambulancia para trasladarla (la camioneta no está como para viajar de noche y con una persona inestable dentro). Solo dicen que esperemos a las 9 para llevarla a la consulta médica de Strachur. Son las 6.
Tras 3 horas de infierno, Nikky, la vecina, y Margaret, la otra vecina de las orejeras para los caballos, vienen y, junto a Liz, llevan a Irene al médico. El médico dice que necesita medicina para la psicosis inmediatamente y lo flipa al enterarse de que nadie nos ha ayudado durante la noche. Él había tratado a Urszula cuando estaba aquí y comenta que no le extrañaría que estuviese metida en asuntos de drogas y que hubiese dado LSD o algo así a Irene, despertando toda esta mierda. Parece que ve síntomas. Yo ya no entiendo nada.
Trasladan a Irene al hospital psiquiátrico del otro lado del lago. Nos llama a la tarde. Está aterrada, piensa que los médicos son del gobierno y está convencida de que Urszula va a volver y de que sus matones seguramente van a matar a sus padres porque le dijo dónde vivían. "Puede que ya estén muertos", dice. Liz la tranquiliza, le asegura que Urszula no va a hacer nada contra ella.
Liz me cuenta que Urszula sabía que el teléfono de la casa está pinchado (porque el tío de Liz trabajaba en Inteligencia o no sé qué historias), y que eso la había puesto muy nerviosa pocos días después de llegar. Al parecer había oído el "clic, clic, clic" que pone en marcha la grabación cuando el sistema capta ciertas palabras relacionadas con actividades criminales. Y, por cierto, Urszula no estuvo estos días con su hermana sino con un tío llamado Nick que tiene un Ferrari.
Esta noche me cuesta pegar ojo. Tengo presente la imagen de una Irene desdibujada, con la cabeza inclinada y la cara tapada por su gorra gris, como estuvo los dos últimos días. Me la imagino en el pasillo de abajo mientras paso cerca de las escaleras y tengo que mirar hacia la oscuridad y comprobar que no está. Todo esto ha sido demasiado y llevo mucho tiempo sin dormir. Vuelvo a la cama. Por fin descanso.
No hay agua esta mañana. Subo a enseñarle a Berta lo que hay que hacer con las tuberías. Tardamos una hora en reparar el asunto. Está lloviendo a mares y todo es resbaladizo. Tengo que meterme directamente en el río, que ha crecido muchísimo, para poner la toma de arriba del todo en su sitio. El resto del día ayudo con los caballos. Por la tarde volvemos a hablar con Irene, quien está muchísimo mejor.
Los días siguientes trabajamos y tratamos de no echarle más leña al asunto. Pero Berta está muy asustada. La noche que a mí me costó dormir, ella subió a la habitación de Liz, desesperada, porque no podía dormir sola en la planta de abajo. Anoche tuve que ir a ayudarlas a limpiar una cuadra en la que había que aislar a Squiggle porque había que darle una medicina y no podía estar en contacto con los otros caballos; y tuve que ir solo porque Berta estaba paralizada y era incapaz de llevar los carros de mierda al borde del bosque. Está todo completamente oscuro y hay que ir con una linterna. Me sorprendo a mí mismo llevando los carros sin cagarme en los pantalones. Ya no puedo pensar en tonterías.
He pasado la noche en el salón, en el sofá-cama, con la puerta del pasillo y la del cuarto de Berta abierta. Era el único modo de que la pobre pudiese dormir.
Se supone que hoy íbamos a ver a Irene, pero ha sido imposible. Mañana tenemos planeado ir.
Para terminar, hace un rato ha llamado Urszula amenazando a Liz con hacerle algo (ha sido tan rápido que no lo ha entendido todo) si sigue hablando de ella. He podido oír "get the fuck out of my life!" (¡sal de mi vida de una puta vez!, más o menos). Estamos esperando a la policía.
Liz está destrozada. No entiende cómo hemos dejado que unos extraños entren en su casa para llevarse cosas. Tendríamos que haber llamado a la policía, según ella. Se alegra de que las haya traído de vuelta y más tarde reconoce que también se alegra de no haber estado presente cuando Urszula ha venido.
Pero Irene está fatal. Dice que vio a uno de los secuaces de Urszula entrando en el baño, y piensa que ha puesto algo ahí para matarnos. Dice que el agua que bebemos está envenenada, que la valla que han roto los caballos solo la ha podido romper una persona deliberadamente, que hay alguien que intenta sabotear la granja y nos quiere hacer daño, que Urszula va a volver y le va a hacer algo. Se acuesta mareada y al rato vuelve al salón, donde Liz y yo estamos hablando; le noto algo raro en los ojos, como si las cuencas las tuviera más oscuras, como si tuviera de pronto diez años más, no sé. Sale diciendo que alguien puso explosivos en la camioneta y rompió una pieza (la que fueron a arreglar al taller en Dunoon), que eso no pudo ser un accidente. Que estamos en peligro. Y se vuelve a acostar nerviosa.
Liz cree que alguien del pueblo puede estar tratando de hacer su vida imposible para que venda la granja, porque hay muchos intereses en estas tierras. Cuenta que a veces, cuando su madre estaba fregando los platos, alguien golpeaba la ventana de noche para asustarla. Y que de vez en cuando le ha parecido que hay alguien rondando cuando estaba de noche dándole de comer a los caballos. En esas situaciones ella se ha puesto a recitar encantamientos en gaélico para acojonar a quien andase alrededor. En fin.
Al día siguiente, me levanto a las 6, justo cuando se levanta Liz. Está crispada, en modo neurótico. Me echa en cara que dejásemos entrar a unos desconocidos en su casa, le parece que estamos todos de parte de Urszula y en su contra. Llora. Yo mantengo la calma y la voy convenciendo de que estoy de su parte. Al final le cuento todo lo de Urszula. Ella lo entiende y, al rato, se le pasa la crisis y me da un abrazo.
Subimos a arreglar las tuberías del río porque, otra vez, no tenemos agua. El río ha crecido una barbaridad y hay casi que meterse en él para manipular el sistema. En una maniobra, me caigo al agua de espaldas. Por suerte, tengo una rama cerca y me logro agarrar y salir antes de que la corriente me lleve colina abajo. Solo me he mojado una pierna. Llevo puesto un impermeable buenísimo.
Después de arreglar el agua, Liz y yo nos damos un paseo por la granja. Han salido corrientes de agua nuevas por todas partes. También vemos que las ranas han puesto cientos de huevos en el estanque de la colina. Me dice que en verano todo esto estará lleno de ranas y de libélulas. Nos acercamos a las tumbas de sus padres. Se pasa casi todas las mañanas a saludarlos, dice. Me cuenta historias sobre ellos de camino a la casa.
En cuanto entramos al salón, Irene y Berta, que están hablando ahí, se salen a fumarse un cigarro. Liz se crispa de nuevo porque cree que Irene se ha ido porque la quiere evitar. Cuando regresan, les da un día para pensarse si quieren estar aquí y trabajar duro (hace dos o tres días que Irene no está haciendo casi nada). Les ofrece salir a dar un paseo o ir a algún pueblo cercano, echar el día por ahí, conversar sobre el asunto y decidir si se sigue aquí o no. Me pide que las acompañe para ayudarlas en su decisión. Dice que necesita estar sola porque está al límite de sus fuerzas y tiene que distraerse limpiando la casa y, cuando todo esté ordenado, dormir un rato. Quedamos en que volveremos a las 8 y ella ya habrá preparado la cena.
Propongo ir a las cataratas otra vez, ya que con lo que ha llovido tiene que ser un espectáculo. Nada más empezar a caminar, Irene se marea y se tumba en la hierba. Dice que siente que alguien está tirando de ella hacia atrás, como si alguien no quisiera que fuera a las cataratas. De pronto pesa mucho más. No se encuentra bien. La convenzo para seguir. Como siempre digo: luego me arrepentiré.
Cuando se recupera, seguimos. Empieza a decir algunas cosas raras, pero no llega a terminar las frases y no me hago una idea de lo que quiere decir realmente. Me pide opinión sobre cosas que no ha dicho del todo. La insto a hablar claro y, cuando estamos ya en el sendero hacia las cataratas, lo hace: me dice que el gobierno está manipulándola para quitarle la sangre, y que Liz es del gobierno y es una bruja, que ahora está haciendo brujería en la casa y por eso nos ha echado, que nos escuchan por los teléfonos móviles aunque estén apagados, que le ha dicho a Liz que su madre intenta ayudarla a través de ella (es decir, que Irene está poseída por la madre de Liz) y Liz se ha asustado (no te jode).
El resto del camino trato de hacerla volver a la tierra como le prometí esta mañana (me pidió que si decía alguna locura le dijera la verdad). En un momento dado, nos cruzamos con una familia que está dando un paseo; ella asegura que son espías, que la han encontrado, y los evita. Luego empieza a preguntarme que quién soy yo; primero dice que soy un sacerdote y luego que un demonio, y que la estoy manipulando para que el gobierno le quite la sangre.
Cuando paramos a almorzar, ya en la catarata, ella está bastante mejor. Un rato después, dos hombres llegan paseando con dos perros. Irene se pone nerviosa, seguimos andando y de pronto quiere tomar un caminillo que sale del sendero y se adentra en el bosque. Vamos por ahí hasta que llegamos a una pista de tierra para vehículos. Me pregunta que si es por la derecha o por la izquierda, y yo le digo que por la derecha se llega a la granja pero que son muchísimos kilómetros; que por la izquierda se va al Loch Eck pero está lejísimos también; y que para seguir hay que volver por el caminillo hasta el sendero de la cascada. En cuanto comenzamos a deshacer el camino, ella dice que va a mear, que nos adelantamos un poco. Berta y yo vamos al otro extremo del caminillo, casi en el sendero de la cascada, y cantamos Hey Jude un rato hasta que me doy cuenta de que ha pasado demasiado tiempo para una meada. Vuelvo atrás y Irene no está. Ha desaparecido.
Le digo a Berta que se quede donde la vimos por última vez por si volviese mientras yo voy por la pista que le dije que iba a la granja, pero se empeña en ir ella. Le digo que ande rápido durante 15 minutos en dirección a la granja y que vuelva inmediatamente si no la ve. Me quedo esperando y examinando el terreno en busca de huellas, sin éxito. Hay una pequeña ciénaga y algunos troncos caídos cubiertos de matorrales; imagino que se ha colado por algún sitio. Imagino que si se ha hundido en el fango o se ha caído por un pozo, ya hace rato que está muerta. Imagino también que se ha adentrado en el bosque, con lo peligroso que es. O que se ha tirado por la garganta de la cascada huyendo de algún demonio.
Berta no la encuentra. Está muy nerviosa, a punto de llorar; le digo que se relaje. Me pregunta que cómo puedo estar tan tranquilo y le digo que si no lo estuviera no podría pensar con claridad. Bajamos toda la ruta de vuelta hasta la aldea de Glenbranter, donde hay unas oficinas de los forestales. Cuando llegamos, están cerradas. Camino por el pueblo en busca de alguien a quien preguntar y veo a través de una cortina que una mujer nos está mirando desde su salón; le hago una señal para que salga y la veo corriendo por su casa. Sale y pregunta que qué nos pasa, le cuento la situación y entra a llamar al marido. La mujer se calza unas botas y sube a recorrer todo el camino en busca de Irene. El marido llama a una vecina que tiene un 4x4 y, mientras viene, nos acompaña a un punto desde el que se ven los dos caminos que vuelven del bosque, por si vemos a Irene bajar. La mujer vuelve una hora después sin noticias. La vecina y ella suben en el 4x4 a recorrer la pista donde la vimos por última vez. Alguien ya ha llamado a la policía, pero la comisaría más cercana está en Dunoon, a 20 km de carretera sinuosa, y tenemos que esperar. En este rato muerto es cuando me da un pequeño ataque de nervios y me pongo a llorar. Vuelvo a imaginar que se ha tirado por algún sitio porque tenía miedo de mí o porque le he dicho algo que no debiera.
Un guarda forestal llega a la oficina, nos invita a entrar y nos prepara un café. Le señalo en un mapa el punto exacto donde la vimos por última vez y hacia dónde creo que ha ido. El policía llega al rato y me hace un montón de preguntas; luego sube con dos guardas más que han llegado a recorrer las pistas con varios todoterrenos. Llama a un helicóptero.
Es casi de noche cuando vemos el helicóptero barriendo la zona. Entonces me da otro pequeño ataque, como si hubiera ascendido a otro nivel de consciencia de lo que está pasando a mi alrededor al ver el helicóptero sobrevolándonos. Viene más policía, me hacen más preguntas. Hablo por teléfono con Liz, a quien ya han avisado los vecinos, y entre sollozos me dice que no ha sido culpa mía, que ni se me pase por la cabeza.
Y, de pronto, la encuentran. La encuentran andando por el camino en dirección a la granja, tan tranquila. Diciendo que ha ido a dar un paseo.
La policía nos lleva a casa. Les digo que estamos asustados, aunque contentos de que esté de vuelta, y que no podemos volver a pasar la noche allí con ella, sin más. Que es peligrosa. Me responden que ya pensarán en algo. Una polla. Interrogan a Irene; Liz les cuenta absolutamente todo lo que ha pasado en la granja en los últimos días. Irene ahora parece más o menos normal. Nosotros intentamos convencer a los polis de que hagan algo con ella, de que la lleven a un hospital, pero ellos dicen que solo pueden llevársela si ella da su consentimiento. Un poli me pregunta delante de Irene que si tengo miedo de ella y yo respondo que no tengo miedo de ella, que tengo miedo de que se haga algo ella. Al final, la policía se va y nos deja a Irene en casa. Nos dicen que nos tomemos un té y nos acostemos como si no hubiera pasado nada.
Liz no puede evitar irse a dormir, está al borde del colapso. Berta y yo nos quedamos en el salón toda la noche. Irene se acuesta 20 segundos, se le ocurre alguna idea extraña y vuelve a comentárnosla, y así durante horas. Después de muchas vueltas en una conversación descabellada en la que intento traerla de vuelta a la tierra, la convenzo de que tiene que confiar en los médicos para saber qué tiene, ya que de otro modo no puede luchar contra ello. Le digo que hoy en día se puede tratar lo que creo que tiene, que si se toma las pastillas estará bien. Se nota que es muy inteligente y que incluso estando inmersa en la fantasía hay algo que le dice que tengo razón, que se lo está imaginando todo. Gracias a Dios, acaba diciendo que irá al hospital. Está preocupada porque llenó su botella con agua de la montaña y tenía huevos de rana y renacuajos y se la bebió. También nos enseña el portátil lleno de tierra; se adentró en el bosque, enterró su portátil porque la podían capturar a través de él, y más tarde volvió al bosque y lo desenterró porque tuvo un momento de lucidez.
De madrugada se levanta Liz y empieza a llamar a los servicios de urgencias. Hace cuatro o cinco llamadas larguísimas, en las que le pasa el teléfono a Irene para que comente lo que le ocurre a las enfermeras. Esta, al principio, vuelve a decir que no le pasa nada, pero poco a poco va diciendo la verdad y reconociendo que ha perdido el juicio. Sin embargo, después de mucho intentarlo, Liz no consigue que manden a un médico o una ambulancia para trasladarla (la camioneta no está como para viajar de noche y con una persona inestable dentro). Solo dicen que esperemos a las 9 para llevarla a la consulta médica de Strachur. Son las 6.
Tras 3 horas de infierno, Nikky, la vecina, y Margaret, la otra vecina de las orejeras para los caballos, vienen y, junto a Liz, llevan a Irene al médico. El médico dice que necesita medicina para la psicosis inmediatamente y lo flipa al enterarse de que nadie nos ha ayudado durante la noche. Él había tratado a Urszula cuando estaba aquí y comenta que no le extrañaría que estuviese metida en asuntos de drogas y que hubiese dado LSD o algo así a Irene, despertando toda esta mierda. Parece que ve síntomas. Yo ya no entiendo nada.
Trasladan a Irene al hospital psiquiátrico del otro lado del lago. Nos llama a la tarde. Está aterrada, piensa que los médicos son del gobierno y está convencida de que Urszula va a volver y de que sus matones seguramente van a matar a sus padres porque le dijo dónde vivían. "Puede que ya estén muertos", dice. Liz la tranquiliza, le asegura que Urszula no va a hacer nada contra ella.
Liz me cuenta que Urszula sabía que el teléfono de la casa está pinchado (porque el tío de Liz trabajaba en Inteligencia o no sé qué historias), y que eso la había puesto muy nerviosa pocos días después de llegar. Al parecer había oído el "clic, clic, clic" que pone en marcha la grabación cuando el sistema capta ciertas palabras relacionadas con actividades criminales. Y, por cierto, Urszula no estuvo estos días con su hermana sino con un tío llamado Nick que tiene un Ferrari.
Esta noche me cuesta pegar ojo. Tengo presente la imagen de una Irene desdibujada, con la cabeza inclinada y la cara tapada por su gorra gris, como estuvo los dos últimos días. Me la imagino en el pasillo de abajo mientras paso cerca de las escaleras y tengo que mirar hacia la oscuridad y comprobar que no está. Todo esto ha sido demasiado y llevo mucho tiempo sin dormir. Vuelvo a la cama. Por fin descanso.
No hay agua esta mañana. Subo a enseñarle a Berta lo que hay que hacer con las tuberías. Tardamos una hora en reparar el asunto. Está lloviendo a mares y todo es resbaladizo. Tengo que meterme directamente en el río, que ha crecido muchísimo, para poner la toma de arriba del todo en su sitio. El resto del día ayudo con los caballos. Por la tarde volvemos a hablar con Irene, quien está muchísimo mejor.
Los días siguientes trabajamos y tratamos de no echarle más leña al asunto. Pero Berta está muy asustada. La noche que a mí me costó dormir, ella subió a la habitación de Liz, desesperada, porque no podía dormir sola en la planta de abajo. Anoche tuve que ir a ayudarlas a limpiar una cuadra en la que había que aislar a Squiggle porque había que darle una medicina y no podía estar en contacto con los otros caballos; y tuve que ir solo porque Berta estaba paralizada y era incapaz de llevar los carros de mierda al borde del bosque. Está todo completamente oscuro y hay que ir con una linterna. Me sorprendo a mí mismo llevando los carros sin cagarme en los pantalones. Ya no puedo pensar en tonterías.
He pasado la noche en el salón, en el sofá-cama, con la puerta del pasillo y la del cuarto de Berta abierta. Era el único modo de que la pobre pudiese dormir.
Se supone que hoy íbamos a ver a Irene, pero ha sido imposible. Mañana tenemos planeado ir.
Para terminar, hace un rato ha llamado Urszula amenazando a Liz con hacerle algo (ha sido tan rápido que no lo ha entendido todo) si sigue hablando de ella. He podido oír "get the fuck out of my life!" (¡sal de mi vida de una puta vez!, más o menos). Estamos esperando a la policía.











